Sacerdocio y Homosexualidad

Carta abierta al papa Francisco: ayúdeme a salvar mi vocación

Help Save My Vocation. Este artículo presenta una carta abierta al papa Francisco en la que Benjamín Brenkert explica su decisión de dejar a los jesuitas debido a motivos LGTBQ (Lésbico, Gay, Transexual, Bisexual y "Queer") y pide al pontífice ser más fuerte en sus afirmaciones sobre la igualdad LGTBQ.
El artículo ha sido tomado del cuaderno de bitácora "Bondings" (Lazos) que es un proyecto de "New Ways Ministry" (Nuevas Formas de Ministerio), un ministerio enfocado a construir puentes entre la comunidad LGTB y la Iglesia católica, así como la reconciliación dentro de las más amplias comunidades cristianas y civiles. Para ver el artículo original en inglés pulse AQUÍ.
 
Querido Papa Francisco,
 
En su tiempo de pontificado, su compromiso con la pobreza ha despertado al mundo a los males de la globalización, el capitalismo y el materialismo. Muchos ahora comprenden que la pobreza es un pecado estructural y un mal social. A través de sus afirmaciones públicas ha despertado el interés de Católicos y no-Católicos, creyentes y ateos. El mundo le mira como a un pastor, un hombre lleno de la alegría del Evangelio.
 
Sin embargo, mientras usted se ha concentrado en la pobreza física y material, miembros de mi comunidad (lesbianas, gays, bisexuales, transgénero y personas "queer" que cuestionan, mujeres y jóvenes) han sido ignorados. Ellos permanecen en las fronteras, las márgenes, viviendo pobremente a nivel espiritual. Algunos necesitan la voz de cardenales como Walter Kasper que les digan que Dios les quiere. Otros saben que Dios les quiere, pero el liderazgo de la Iglesia les desprecia como desordenados y desorientados. Su pregunta profética "¿Quién soy yo para juzgar?" anima a gente de todas partes a tener una actitud sin juicios hacia los miembros de la comunidad LGTBQ. Pero no es suficiente con no emitir juicios; especialmente cuando Jesús nos dice que seamos como el Buen Samaritano: "Ve, haz tú lo mismo".
 
Pero, ¿quién soy yo para escribirle?
 
Como hombre abiertamente homosexual, he empleado los últimos diez años de mi vida encaminándome hacia el sacerdocio dentro de la Compañía de Jesús  (los jesuitas). Estoy lleno de gratitud por este tiempo. Amo ser jesuita, un hijo de San Ignacio de Loyola. Este julio, dejé a los jesuitas y quedamos en buenos términos.
 
Hoy, no puedo ya justa o libremente encaminarme hacia la ordenación como sacerdote homosexual en una Iglesia en donde hombres y mujeres homosexuales son despedidos de sus trabajos. La gota que colmó el vaso para mí fue cuando una ministro de justicia social lesbiana y casada fue despedida de una parroquia de los jesuitas en Kansas City.
 
Esta marginación es contraria a lo que muchos han llamado el "Efecto Francisco". Estos despidos niegan su énfasis en erradicar la pobreza porque los despidos traen a hombres y mujeres más cerca de su pobreza física y material. Despedir a gente a causa de su sexualidad o su derecho a casarse es discriminatorio. Es injusto, especialmente desde que muchas instituciones católicas tienen prerrogativas laborales antidiscriminatorias y establecen que son empleadores con igualdad de oportunidades de acuerdo a las leyes federales y estatales sobre raza, color, procedencia, edad, género, religión, discapacidad, estado civil, orientación sexual, estado de veterano de guerra y registro de arresto.
 
En mi carta de renuncia al Provincial, puse de manifiesto mi conciencia de cómo la injusticia LGTBQ contradice el evangelio. Más aún, resalté cómo la legislación anti-gay en países como Uganda y Rusia y la falta de acción por parte de la Iglesia, me han llegado a comenzar a cuestionarme mi pertenencia a la Iglesia. Mientras rezo sobre por qué dejo la Compañía de Jesús, debido a la injusticia LGTBQ en la Iglesia, continúo rezando la oración de San Ignacio:
 
"Tomad, Señor, y recibid, toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Todo mi haber y mi poseer. Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro. Disponed a toda vuestra volundad. Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta".
 
Rezo para que Dios continúe dándome gracia para ser fiel a mis votos y responder a las necesidades de nuestro mundo, una realidad encarnada que necesita una Iglesia ecuménica. Una Iglesia que responda a las necesidades de los pobres tanto físicas como espirituales como evidencia el capítulo 25 de Mateo. Deseo no ser una persona que desde el exterior se sienta segura. Sin embargo, a mí, un hombre abiertamente homosexual, se me dijo por parte de mis superiores que me centrara en otras cuestiones pastorales. ¿Por qué?
 
Como hombre abiertamente homosexual, busqué la ordenación porque Dios me llamó al sacerdocio. Desde que tenía quince años he rezado para entender esta pregunta. Recé no para salir al encuentro sino para ser encontrado. El tiempo y nuevamente los directores vocacionales, acompañantes espirituales y superiores comprobaron mis más hondos deseos, mis más santos afanes. Estas pesonas me vieron centrado y no desordenado, disponible al sacerdocio por buenas y santas razones.
 
Cuando entré en el noviciado de los jesuitas, Dios me ayudó a conocerme y verme como un hombre homosexual integrado que se quiere a sí mismo. A lo largo del tiempo, fui consciente de que tenía talentos que ofrecer como ministro sensible, empático, alegre, amoroso, orante, competente, multi-disciplinar y bien formado. Me entiendo a mí mismo como sacerdote, a pesar de mi humanidad y fragilidad.
 
Papa Francisco, con mi vocación evolucionando, sigo considerándome sacerdote. Le escribo para que me ayude a salvar mi vocación, en lo que tenga que ser en el futuro. Le pido que haga un llamamiento a la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos para que las instituciones católicas no despidan más católicos LGTBQ. Le pido que hable públicamente sobre las leyes que criminalizan y oprimen a las personas LGTBQ alrededor del globo. Estas acciones traerán verdadera vida a su afirmación "Quién soy yo para juzgar?"
 
Mientras continúo mi transición como miembro del laicado, se me recuerda que como cualquier jesuita, soy un "pecador que a pesar de todo es llamado a ser compañero de Jesús como lo fue nuestro fundador, San Ignacio de Loyola". Y como muchos de mis hermanos jesuitas en todo el mundo, homosexuales o no, sigo reflexionando sobre las preguntas troncales de la oración ignaciana de los jesuitas: "¿Qué hago por Cristo? ¿Qué estoy haciendo por Cristo? ¿Qué voy a hacer por Cristo?" Por esto, estoy lleno de gratitud.
 
Como antigo jesuita, sé que en el centro de los ejercicios espirituales de San Ignacio hay un encuentro con Dios, los demás y uno mismo. Este encuentro tiene lugar de forma dinámica y nos impulsa en nuestros deseos humanos y divinos a la relación y el amor. En resumen, se trata de un peregrinaje que sitúa a Jesús de Nazaret en el centro de la vida de cada persona. Este peregrinaje está abierto a homosexuales y heterosexuales. Jesús nos instruyó a todos para ser buenos samaritanos: "Ve, haz tú lo mismo".
 
Con amor y cariño,
 
Ben Brenkert
 

La homosexualidad en el sacerdocio y en la vida consagrada

Carlos DOMÍNGUEZ MORANO, en Sal Terrae Febrero (2002).

Lo no dicho

 

El tema ronda una y otra vez en el ambiente eclesiástico y religioso. Pero de él no se habla. O se habla en círculos reducidos y como «en voz baja». Se conocen datos, se aprecian comportamientos que parecen hablar en esa dirección, se sospecha a veces. Pero, aunque se va dejando paso al abordaje explícito (la propuesta de esta revista es un buen ejemplo de ello), el asunto sigue siendo todavía un «tema tabú». Con su efecto correspondiente: lo que es negado se convierte, maléficamente, en omnipresente.

 

El problema es que aquello de lo que no se habla no se puede elaborar convenientemente. Queda en estado pulsional, irracional, con unos contenidos marginados, que no por ello son menos acuciantes y que, desde su estado de exclusión, sólo pueden encontrar una emergencia «sintomática». Porque, en efecto, un dinamismo afectivo que no puede ser pensado, verbalizado, debatido racionalmente, queda sin la elaboración psíquica necesaria (lo que conocemos como «procesos secundarios») que posibilite su conveniente manejo. En estado de «proceso primario», lo homosexual tiende, pues, a imponerse al margen del Yo consciente, ya sea como fantasma amenazante del que hay que defenderse compulsivamente, ya como actuación, compulsiva también, con todas las derivaciones patológicas, morales y sociales que, con razón, nos alarman. Son efectos de lo «no dicho». Los escándalos que salen a la luz en países como los Estados Unidos de América son buena muestra de ello.

 

Y no queríamos olvidar que esos escándalos no son fruto de una mayor permisividad en esas áreas geográficas, sino de una mayor conciencia social, que ya no está dispuesta a callar lo que en otras zonas puede seguir ocurriendo, sin posibilitar siquiera ese escándalo que, a pesar de todos sus inconvenientes, funciona como barrera de contención y sana defensa frente a una situación de abierta perversidad. En estos casos, la homofobia se impone, imposibilitando el sano abordaje del problema.

 

Se hace, pues, obligado partir de un hecho incontestable, por más que se pretenda escamotear: la existencia de sujetos con orientación básicamente homosexual, tanto en la vida consagrada masculina y femenina como en el ministerio sacerdotal. Si la proporción general de la población homosexual es difícil de determinar, aunque muchos la sitúan entre el 6 y el 10%, tendríamos que convenir razonablemente en que al menos esa misma proporción debe de existir en la vida consagrada y sacerdotal. Pero hay que tener en cuenta, además, que en esos estados de vida concurren unas especiales circunstancias que fácilmente acrecientan la motivación de personas con dicha orientación para formar parte de sus filas. De una parte, pensar la propia vida en comunión y convivencia con personas del mismo sexo. De otro lado, el proyecto de dedicación altruista a los otros, que parece engarzar bien con aspiraciones específicas de la dinámica homosexual, obligada a situarse al margen de un proyecto de familia, más aún en el seno de aquellas sociedades donde se considera «extraño» a todo aquel que eluda la vía «normal» del matrimonio. Habría que pensar, incluso, en la particular atracción por la experiencia religiosa que parece darse en la dinámica homosexual. El conjunto de datos hace pensar, pues, que la vida consagrada y sacerdotal ofrece unas peculiaridades que fácilmente poseen el efecto de aglutinar una proporción de personas con orientación homosexual mayor incluso que la de la población gene ral.

 

Un poco de historia John Boswell ha realizado una investigación histórica rigurosa que no puede dejar de sorprender a quienes consideran que las relaciones entre la vida eclesiástica y la homosexualidad mantuvieron siempre las mismas relaciones de tensión y ocultamiento tabuístico (J. BOSWELL, Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad, Muchnik Editores, Barcelona 1993). Una vez más, la historia ayuda a relativizar posiciones y a comprender que la homosexualidad ha sido reconocida y experimentada de modos muy diversos a través del tiempo en las diversas sociedades y culturas.

 

De modo particular sorprende la relevancia que tuvo la «unión romántica» entre personas del mismo sexo en el seno de la espiritualidad y la vida religiosa a lo largo de la Alta Edad Media. Boswell da así cuenta de la poesía amorosa que circuló por monasterios y comunidades religiosas entre una serie de personajes como Ausonio y san Paulino, obispo de Nola, en la que se hace patente un claro lirismo erótico explícitamente cristiano. O las que se intercambiaban Walafrid Strabo, abad del monasterio benedictino de Reichenau, y su amigo Liutger.

 

El amor entre varones fue aceptado como una variedad normal del afecto que, a diferencia del de los contemporáneos paganos, poseía una significación espiritual y cristiana. Los clérigos homosexuales participaban incluso en ceremonias matrimoniales homosexuales, ampliamente conocidas en el mundo católico a partir del siglo v y en las que se invocaban parejas del mismo sexo de la historia cristiana, tales como Sergio y Baco, Cosme y Damián, o Ciro y Juan. Se conocen también controversias entre algunos clérigos sobre si era preferible la sexualidad homosexual o la heterosexual (Cf. J. BOSWELL, Las bodas de la semejanza, Muchnik Editores, Barcelona, 1996).

 

También se desarrolló en las comunidades religiosas toda una corriente espiritual que idealizaba el amor entre personas del mismo sexo, tanto dentro como fuera de la vida religiosa. Largos y hermosos poemas amorosos surgieron también entre las monjas del sur de Alemania en el siglo XII, en los que -como analiza Boswell- hay referencias a gestos físicos reales o simbólicos que expresan un amor de nítida pasión erótica y que se entiende como un amor cristiano, no contrapuesto a la virtud y a la santidad, pero sí al amor pagano. Conocido es también el caso de Aelred, abad del monasterio cisterciense de Rielvaux, el cual, habiendo llevado una vida homosexual desenfrenada, entra en la vida religiosa y se compromete rígidamente con su voto de castidad, pero no renuncia a las uniones amistosas apasionadas, tal como se deja ver en su ya clásico tratado De spirituali amicitia. Pero la insistencia en la vinculación inseparable entre sexualidad y procreación fue trayendo consigo una progresiva valoración negativa de lo homosexual y, junto con ella, la práctica de aparición de esa corriente espiritual que ensalzaba el romance homoerótico. La tolerancia de la Alta Edad Media desaparece, y se acrecienta el temor, la condena y la amenaza de lo homosexual, que llega casi hasta nuestros días.

 

En la actualidad, sin embargo, la idea y la vivencia general de la sexualidad cambian de un modo sorprendente. También, por tanto, la valoración y la sensibilidad frente al fenómeno homosexual. Más en particular, y con relación a nuestro tema, llama poderosamente la atención la valoración que sobre ella hacen los jóvenes candidatos y candidatas a la vida religiosa o al sacerdocio. En los más de doscientos informes realizados por el «Centro de Psicoterapia "Francisco Suárez"» de Granada, son muy escasos los que ante el término homosexual muestran un juicio negativo o una valoración condenatoria. Por el contrario, la enjuician, en su práctica mayoría, como una tendencia diferente que expresa un modo normal de vivir la sexualidad.

 

Más significativo aún, en cuanto al cambio que se opera en nuestros días, resulta la emergencia de movimientos cristianos homófilos que se conciben como agrupaciones de vida consagrada. Es el caso de las «Fraternidades de la amistad», comunidades de sujetos homófilos que nacen en Barcelona en 1966 bajo la inspiración de la espiritualidad de Charles de Foucauld y Teresa de Lisieux, con una propuesta de castidad, pobreza y obediencia y con un proyecto apostólico de especial sensibilidad a la vindicación social y evangelización de la homotropía. Un grupo de características equivalentes existe también en Francia desde hace años. Se trata, sin duda, de un fenómeno singular y minoritario, pero que habría que valorar como un «emergente» de los replanteamiento s y transformaciones que, sin duda, se están produciendo en las relaciones entre homosexualidad y vida religiosa o sacerdotal. Esos replanteamientos, no obstante, se enmarcan todavía dentro del amplio debate sobre el tema.

 

Un debate abierto

 

La cuestión homosexual, en efecto, permanece en estado de debate abierto. En él, nuestras posiciones más íntimas intervienen de modo decisivo. La valoración, por tanto, que se pueda hacer de la homosexualidad en el sacerdocio y en la vida religiosa dependerá muy esencialmente de la manera en que hayamos acertado a elaborar esa dimensión homosexual inherente a la vida del deseo. Son siempre nuestros miedos, deseos, inhibiciones y represiones los que, inevitablemente, hablan y se expresan en cualquier discurso sobre la sexualidad. Y esto acaece así, no por accidente o patología, sino por naturaleza. No existe un discurso sobre la sexualidad que pueda considerarse exento de esa participación de nuestro mundo inconsciente. Pero esta tesis general se verifica de modo más notable en una cuestión como la de la homosexualidad, en la que todos nos vemos obligados a librar un debate interno particularmente espinoso y en el que siempre permanecen dimensiones latentes al margen de toda racionalidad. En lo dicho, pues, hablará siempre lo «no dicho». También, naturalmente, en las ideas que en adelante se expondrán, así como en el eco que con ellas se despierte.

 

Nuestra valoración más íntima y personal, sin embargo, se ve también condicionada de alguna manera por la elaboración que podamos llevar a cabo a nivel intelectual y por el influjo de los estados de opinión que, con base científica o sin ella, se desarrollan en nuestro entorno. En este sentido, no nos podemos considerar al margen del gran debate que, en la actualidad, se entabla en el campo de la psicología clínica o la psiquiatría, en el del discurso social, así como en el de la reflexión teológica y moral sobre el tema.

 

Otros trabajos de este mismo número se detienen en esos diferentes campos de reflexión. Baste recoger aquí tan sólo algunos de los datos más significativos al respecto, para situar convenientemente la reflexión sobre el lugar que podría encontrar la homosexualidad en el campo de la vida clerical o religiosa.

 

En ninguno de estos campos el debate está cerrado. Cualquier posición, por tanto, en elcampo clínico, social o teológico que hoy pretenda zanjar la cuestión de modo definitivo tendrá que ser valorada como una expresión sintomática de prejuicios inconscientemente condicionados. El reconocimiento del carácter problemático que aún posee lo homosexual en el estado actual de nuestros conocimientos será siempre, pues, un punto de partida inexcusable.

 

Pero, al mismo tiempo, es también un hecho evidente la dirección que van tomando las diferentes investigaciones que se efectúan al respecto. Los estudios médicos, psicológicos, antropológicos y sociológicos apuntan de modo inequívoco hacia la descalificación de la homosexualidad como enfermedad, desviación psicopática o perversión social (He abordado con detalle esta cuestión en el trabajo «El debate psicológico sobre la homosexualidad», en J. GAFO [ed.], La homosexualidad. (Un debate abierto, Desclée de Brouwer, Bilbao 1997, 13-95, y en Los registros de deseo, Desclée de Brouwer, Bilbao 2001, 145-179). Cada vez de modo más explícito, la homosexualidad va siendo reconocida como una orientación sexual que la naturaleza permitió y que, en sí misma considerada, no afecta a la sanidad mental ni al recto comportamiento en el grupo social. En razón de ello, instituciones como la OMS han suprimido la homosexualidad de la relación de enfermedades, y el Consejo de Europa ha instado a los gobiernos de sus países miembros a suprimir cualquier tipo de discriminación en razón de la tendencia sexual. Las legislaciones de los diferentes países han ido así modificándose en aspectos sustanciales para evitar cualquier tipo de discriminación. El cambio general de opinión que se va así produciendo en los países del área occidental es notable, y sus efectos, como veíamos más arriba, se dejan ver también dentro de la comunidad creyente.

 

En este campo, sin embargo, una vez más la Iglesia marca su diferencia. Sabemos que su posición con respecto a la homosexualidad ha variado poco (sobre todo si se compara con otras iglesias cristianas); en ello habría que ver una expresión más del problema de fondo que mantiene con la sexualidad en su conjunto. El debate, sin embargo, se establece también dentro de la comunidad eclesial, y son ya muchas las voces que se levantan reclamando un cambio de posición en las valoraciones morales que se hacen en este campo (Pronto hará aparición una obra de un homosexual militar y católico practicante que, tras ofrecer un impresionante testimonio personal, reflexiona en profundidad sobre las posiciones morales que la Iglesia mantiene en este terreno).

 

Pero el hecho es que la vertiente homosexual se abre paso progresivamente en la sociedad, a pesar de las enormes resistencias que suscita. Sale del campo de lo enfermo, de lo perverso, de la peligrosidad social. Caen los mecanismos jurídicos excluyentes, y paralelamente la opinión pública modifica sus valoraciones al respecto. La homosexualidad es reconocida con pleno derecho en instituciones que hasta hace poco tiempo se mostraban completamente cerradas a su reconocimiento. Desde el ejército hasta los partidos políticos de izquierda (y ya también de derecha) aceptan la integración en su seno de miembros que reconocen públicamente su homosexualidad.

 

La misma institución familiar, que vio en ella uno de sus más peligrosos enemigos, le abre hoy sus puertas y reconoce jurídicamente a la pareja homosexual en igualdad de derechos con la heterosexual (En un trabajo reciente se replantea la posición moral católica al respecto. Cf. H. RARRER, «Zur rechtlichen Anerkennung homosexueller Partnerschaften» en Stimmen der Zeit 8 (2001) 533-540). Así pues, en esta situación de general apertura y progresiva integración de lo homosexual, cabe interrogarse sobre las resistencias que se ofrecen dentro del campo particular de la vida consagrada y sacerdotal para la aceptación en su seno de personas con dicha orientación. Asunto tanto más problemático si, como veíamos anteriormente, con su aceptación o sin ella, la homosexualidad ha estado siempre presente en el seno de estas instituciones eclesiales.

 

Reconocimiento o exclusión

 

La primera consideración obligada al respecto radica, sin duda alguna, en el contrasentido evangélico que supone mantener un estado de marginación y exclusión de un grupo humano que, a lo largo de la historia, fue perseguido de modo tan inmisericorde. Es ése y no otro el primer lugar de reflexión ética que la comunidad creyente debería plantearse a propósito de la homosexualidad. Porque la denuncia de la que ha sido (y sigue siendo en algunos lugares) una de las persecuciones más crueles de la historia se debería alzar como la exigencia ética prioritaria, por encima de la de la moralidad de unas prácticas sexuales determinadas. Fueron los marginados los primeros con quienes se solidarizó Jesús: los enfermos, los publicanos, los pecadores, las mujeres y los niños. A todos ellos no les unía sino el lazo de la marginación social (Cf. J. M. CASTILLO, Los pobres y la teología, Desclée de Brouwer, Bilbao 1997, 99-124), y es en razón de ella por lo que Jesús los convierte en sus preferidos, se solidariza y comparte mesa con ellos, y los defiende frente a los sanos, los «virtuosos», los «machos» o los adultos. Excluir, por tanto, a priori a ese sector de la población de la participación en cualquiera de las instancias eclesiales vendría a significar una palmaria contradicción con el mensaje que se predica. Tanto más en una sociedad en la que ese grupo va encontrando, aunque trabajosamente, un lugar y un papel con la dignidad que se merece. Es la misericordia entrañable, tal como lo expresó Salvador Toro, Prior del Monasterio de Sobrado de los Monjes, la que tendría que impedir una exclusión de la vida consagrada o sacerdotal que se realizara en razón de la orientación sexual. Desde una perspectiva análoga, T. Radcliffe, antiguo Maestro General de la orden dominicana, afirmaba que no nos corresponde a nosotros decir a Dios a quién puede o no llamar a la vida religiosa (Cf. S. TORO,«Cuando la sexualidad es "diferente"» en Sal Terrae 82 (1994) 729-734; T. RADCLIFFE, El manantial de la esperanza, San Esteban, Salamanca 1998, 208).

 

Desde unas claves diferentes, Javier Gafo expresó también su posición al respecto, señalando que la condición homosexual, en sí misma, no debería convertirse en óbice para una opción celibataria asumida por motivos religiosos. Entre otras razones, porque es y será siempre inevitable que haya personas homosexuales tanto en el sacerdocio corno en la vida consagrada. La única cuestión, entonces, a plantear será, corno en el caso de los sujetos heterosexuales, la de la capacidad que se pueda apreciar para vivir coherentemente una vida celibataria (Cf. J. GAFO, «Cristianismo y homosexualidad», en La homosexualidad. Un debate abierto, Desclée de Brouwer, Bilbao 1997, 219-220).

 

En esa determinación de la capacidad para el celibato puede intervenir, sin embargo, con suma facilidad un estereotipo bastante extendido: el de que las personas homosexuales difícilmente pueden vivir sin llevar cabo una práctica de su tendencia erótica. El dato es desmentido por las investigaciones llevadas a cabo sobre la población homosexual (A. P. BELL -M. S. WEINBERG, Homosexualidades, Debate, Madrid 1979, 149. Dicho estereotipo puede encontrar también una base en la identificación de todos los sujetos homosexuales con un tipo o subcategoría dentro de ellos: los denominados como «disfuncionales», que, especialmente conflictualizados, son los que con más frecuencia han acudido a las consultas de psiquiatras o psicólogos clínicos), pero cuenta con la fuerza en contra de un prejuicio bien establecido y de indudables raíces inconscientes. La figura del homosexual que necesariamente se ve compelido a un comportamiento de acoso sexual, parece guardar más relación con la homosexualidad latente y proyectada de muchos sujetos heterosexuales que con los hechos observables. Todo lo cual conduce a pensar que, sin un serio y profundo autoanálisis sobre la propia homofobia y sus raíces encubiertas, no se estará capacitado para valorar en sus justos términos la dinámica real del sujeto homosexual que demanda incorporarse a la vida consagrada o sacerdotal.

 

Problemas homofílicos y fantasmas homofóbicos

 

Una de las resistencias más habituales frente a la idea de integrar a sujetos homosexuales en el campo de la vida consagrada o sacerdotal radica, en efecto, en ese fantasma de que un sujeto homosexual que hace su vida cotidiana rodeado de personas de su mismo sexo tenderá, de modo inevitable, a vincularse eróticamente con los miembros de su comunidad. Los datos que se pueden obtener, sin embargo, desmienten que tal tipo de problemas se dé realmente. Por lo general, el sujeto homosexual se autolimita de modo espontáneo, evitando dirigir su interés erótico hacia sujetos heterosexuales de los que poco puede esperar, del mismo modo que en el campo heterosexual hay también una autolimitación en el mismo sentido en las relaciones con el otro sexo, ya sea en razón de su estado (de matrimonio o consagración religiosa) o por razones de otra índole. Tan sólo sujetos particularmente inmaduros impregnan de erotismo toda relación con el sexo que les atrae.

 

Todo ello no elimina, sin embargo, la posibilidad de que en determinadas ocasiones un sujeto homosexual quede prendado de un miembro de su comunidad religiosa o ministerial. Esa situación, de indudable conflictividad, puede derivar, sin embargo, de maneras muy diferentes. Todo dependerá de la capacidad de ambas personas para afrontar abiertamente la situación y encauzarla del modo más coherente para ambas.

 

Una se verá llamada a un trabajo de duelo, para dar por perdido un objeto de amor irrealizable; y la otra, a mantener la fidelidad a su propio deseo, al mismo tiempo que a comprender fraternalmente una situación que hasta entonces le era del todo desconocida, pero que, sin duda, le manifiesta de modo más amplio lo que es el deseo humano. Si es así, una situación en principio conflictiva y dolorosa se convertirá en una ocasión de mutuo enriquecimiento personal.

 

El problema, pues, parece que debe quedar centrado no tanto en la condición homosexual cuanto en la conflictividad de ese sujeto, ya sea en razón de la dificultad que haya tenido para asumir su propia orientación sexual, ya sea en razón de otras variables que intervinieran en su desarrollo personal. En todo caso, y dadas las circunstancias habituales en que todavía se desenvuelve la conciencia homosexual, parece obligado suponer que el grado de conflictividad que pueden presentar los sujetos homosexuales probablemente sea mayor que el de los heterosexuales. De ahí que el análisis previo a la incorporación dentro de la vida consagrada o ministerial debería ser más cuidadoso y atento.

 

Pero, al mismo tiempo, deberíamos evitar también el peligro de absolutizar dicha razonable suposición. Porque en ese caso habría igualmente que suponer que nos amparamos en ella para solapar una fácil defensa inconsciente frente a lo homosexual.

 

Será necesaria, pues, mucha lucidez, y más obligado aún un profundo y honrado autoanálisis de las propias reacciones frente a lo homosexual. Sólo así se podrá captar y valorar adecuadamente las dificultades específicas que pueda presentar un varón o una mujer homosexual.

 

Una cuestión específica para los sujetos homoeróticos consagrados o sacerdotes radicará siempre en que esa orientación sexual, que afecta de modo decisivo a la propia identidad, no se alce, sin embargo, como su eje o referencia fundamental. La formación tendrá una tarea importante en lograr que la orientación sexual no se convierta en el elemento central de la propia identidad, sino que llegue a ser tan sólo un elemento que forma parte de una identidad más fundamental, que es la de seguidor de Jesús en el proyecto de construcción del Reino. Favorecer la manifestación de los conflictos vitales del sujeto asociados a su orientación sexual e indagar en las motivaciones vocacionales profundas de su vocación deberán constituir, entonces, elementos esenciales del acompañamiento personal.

 

Particular atención habría también que mostrar ante los casos relativamente frecuentes de sujetos que, con una conflictividad homosexual de fondo, pretenden escapar a ella mediante el logro de una identidad nueva como religioso, religiosa o sacerdote. La intensidad emocional que acompaña los momentos iniciales de una vocación contribuye muchas veces al «éxito» de este propósito, dejando encubierta la identidad conflictiva original. Este peligro es tanto mayor si tenemos en cuenta que, con demasiada frecuencia, los sujetos que inician un proyecto vocacional pueden distar mucho de haber clarificado suficientemente su auténtica identidad psico-sexual.

 

Una situación diferente se ofrece en los casos en que se ha dado una previa práctica sexual relevante (particularmente, si ésta ha tenido un carácter marcado por la compulsividad). Ciertamente, ahí encontramos una dificultad mayor para proponerse una vida celibataria. Cuando la represión ha jugado un papel preponderante, y los diques que ésta creó se rompen, los obligados procesos de sublimación difícilmente podrán llegar a establecerse.

 

En otros casos, sin embargo, la represión ha podido «triunfar», manteniendo al margen las tendencias eróticas de base, Pero ello no significa que la vida celibataria logre sus propósitos específicos. Celibato es más que castidad, y no se puede considerar, por tanto, «eunuco por el Reino de los cielos» a quien, manteniéndose sin falla alguna en el terreno genital, sea capaz de mantener unas vinculaciones afectivas de contenidos eróticos camuflados y encubiertos incluso bajo bellas racionalizaciones espirituales. En este caso, la perversión es manifiesta y no se corresponde tanto con lo homosexual en sí cuanto, más bien, con su encubrimiento. Las condiciones en que se elabora la sexualidad femenina hacen más proclive a la mujer que al varón a este tipo de dinámicas.

 

Así pues, toda una amplia y compleja problemática se abre en la integración de lo homosexual en el seno de la vida eclesial. Integración que afecta tanto a las personas homoeróticas como a las heterosexuales. Todos, pues, estamos implicados de un modo u otro. Para unos, el reto consistirá en luchar por el logro de una maduración afectiva, dificultada tantas veces por el rechazo social introyectado, Para otros radicará en la también difícil tarea de exorcizar un fantasma que mutila la propia expansión personal y que daña la relación con los demás, Nadie es inocente, pues, en la cuestión homosexual.

 

Comprenderlo y elaborarlo a fondo será un asunto de importancia para que, personal y colectivamente, acertemos a situarlo del modo más humano y cristiano posible en el marco de la vida eclesial.

¿Pueden ser los gais sacerdotes? Timothy Radcliffe

El esperado documento del Vaticano sobre homosexualidad dentro del sacerdocio, que va a publicarse la próxima semana, ha sido sustancialmente divulgado. En este artículo, el actual general de los dominicos expone lo que tiene que decir sobre los gais y su adecuación a cargos eclesiales.



HACE DOS SEMANAS, estaba en Nueva Escocia, organizando un retiro para los obispos y sacerdotes de la parte Este de Canadá. Un sacerdote, quizá demasiado tímido para formular una pregunta en público, envió un papel con su demanda: «¿Este documento sobre la admisión de gais al sacerdocio querrá decir que ya no soy bienvenido? ¿Significa que personas como yo son sacerdotes de segunda clase?». Yo había escuchado la misma pregunta, de una u otra forma, a sacerdotes en todos los lugares del mundo. El próximo documento del Vaticano sobre homosexualidad y sacerdocio (véase p. 40) es foco de intensa ansiedad por lo cualdebemos prestar atención a lo que exactamente dice.


Hay dos principios que deben tenerse en cuenta: en primer lugar, hemos de darle una interpretación tan positiva como sea posible. No se trata de darle un giro positivo al documento, sino de procurar discernir cuáles son las intenciones verdaderas de los autores. Nuestros medios están llenos de acusaciones y este documento será denunciado como otro ataque hacia las personas gais. Esta denuncia tiene lugar, incluso, dentro de la iglesia. La Congregación para la Doctrina de la Fe interpretado frecuentemente de forma tendenciosa escritos de teólogos. Éstos, por su parte, dan la interpretación posible más negativa a los documentos del Vaticano. ¡Nada bueno puede venir de Roma! Como Iglesia, debemos encontrar otro camino para escucharnos mutuamente, estar realmente atentos a lo que se dice. Esto pide justicia y verdad.


En segundo lugar, una vocación es una llamada de Dios. Es verdad, que como el documento dice, es “recibida a través de la Iglesia, en la Iglesia y para el servicio de la Iglesia”, pero es Dios quien llama. Habiendo trabajado con obispos y sacerdotes, diocesanos y religiosos, a través de todo el mundo, no tengo duda alguna de que Dios llama a homosexuales al sacerdocio y que éstos están entre los sacerdotes más dedicados y que más me han impresionado de los que he conocido. Por lo tanto, ningún sacerdote que esté convencido de su vocación debería sentir que este documento lo clasifica como sacerdote anormal. Y nosotros hemos de presumir que Dios continuará llamando tanto a homosexuales como heterosexuales al sacerdocio porque la Iglesia necesita los dones de ambos.


La Iglesia tiene el derecho y deber de ejercitar un cuidadoso discernimiento en la admisión de seminaristas. Cuando el documento dice que este se ha elaborado «de la manera más urgente por la situación actual», entonces se presupone que se está pensando en la crisis debida a los abusos sexuales que ha agitado la Iglesia en Occidente. Por lo que hay dos preguntas: ¿proporciona este documento un buen criterio para discernir quién tiene una vocación? y ¿ayudará a encauzar la crisis debida a causa de los abusos sexuales?


El documento insiste en que un candidato al sacerdocio ha de alcanzar una madurez afectiva que «le permitirá relacionarse adecuadamente con hombres y mujeres, con un sentido espiritual verdadero para la comunidad eclesial a la que se le confiará». Dejemos, por un momento, a un lado la cuestión de «paternidad espiritual». ¿Qué quiere decir esto?


El documento mantiene que la Iglesia «no puede admitir en el seminario o en las órdenes sagradas a aquellos que sean homosexuales activos, tengan tendencias homosexuales muy marcadas o apoyen la llamada cultura gai». El primer criterio está claro. Lo mismo se podría decir de los que son heterosexualmente activos. Los dos segundos necesitan aclararse.


También podría interpretarse como tener una orientación homosexual permanente. Pero esto no puede corregirse, ya que, según he mencionado, hay muchos sacerdotes excelentes que son gais y que claramente tienen una vocación hacia Dios. Quizá se entendería mejor como alguien cuya orientación sexual se percibe tan central que llega a ser obsesiva, dominando su personalidad. Esto, en efecto, llevaría a preguntarse si esta persona sería feliz como sacerdote célibe. Pero cualquier heterosexual que diese tanta importancia a la sexualidad tendría problemas también. Lo que importa es la madurez sexual más que la orientación.


Luego está el asunto de apoyar la «cultura gai». Es correcto que los seminaristas o sacerdotes no deberían ir a bares gais y que los seminaristas no deberían formar parte de la cultura gai.


¿Qué es lo que se entiende por una «profunda y marcada tendencia homosexual»? El ejemplo opuesto que da el documento es el de alguien que atraviesa una fase temporal de atracción homosexual, y afirma que el seminarista debería haber vencido esto por lo menos tres años antes de su ordenación a la diaconía. Esto no englobaría todos los casos de seminaristas que muestran su vocación a la luz de este documento.


Esto sería hacer el centro de una parte de sus vidas que no es fundamental. Los seminaristas deberían aprender a llevar bien su orientación sexual, estando satisfechos con el corazón que Dios les ha dado; pero, en el caso de cualquier subcultura, gay o heterosexual, sería subversivo de celibato. Una cultura androcéntrica llena de contenido heterosexual sería igual de inapropiada.


¿Pero significa el apoyar la «cultura gai» sólo eso? Como dice el documento, la Iglesia debe oponerse a la «discriminación injusta» contra los homosexuales, así como lo hace con la segregación racial. Eso quiere decir que todos los sacerdotes debe estar preparados para estar junto a personas gais si sufren opresión y que se les vea que están a su favor. Por su puesto, esto lleva a temas complejos. Oponerse al matrimonio gai será visto por algunos como una discriminación, mientras que en la enseñanza Católica oficial no lo es. Si alguien involucra en cualquier oposición a la discriminación, está sujeto a no ser entendido. Es un riesgo que algunas veces uno ha de tomar.


Finalmente, está la cuestión de «paternidad espiritual». No es un concepto con el que yo esté familiarizado. ¿Pueden sólo los heterosexuales ofrecer esto? Esta es la visión del obispo de las fuerzas armadas americanas, que recientemente dijo: «No queremos que nuestros compatriotas piensen, como actualmente nuestra cultura dice, que no hay realmente diferencia en que uno sea gai o heterosexual. Creemos que hay una diferencia, y que nuestros compatriotas esperan tener un sacerdote heterosexual que muestre un carácter fuertemente masculino». No puedo creer que esto sea lo que se persiga con el documento. Hay poca evidencia de Cristiandad varonil en el Vaticano. Si el rol de un sacerdote sería el de ser un modelo de masculinidad, entonces sería relevante para menos de la mitad de la congregación y se podría, por lo tanto, argumentar que las mujeres deberían ser también ordenadas como modelos de feminidad. Presumo que la «patenidad espiritual» se muestra en especial a través del cuidado de las personas y predicando palabras de vida fértil, pero no tiene ninguna conexión con orientación sexual.


Es de suma urgencia que formemos a sacerdotes que sean «afectivamente maduros», y aptos para relacionarse con facilidad con hombres y mujeres. Este documento trata de identificar criterios que ayudarán a discernir tal madurez y señala temas innegablemente importantes. Es necesario aplicar este criterio de forma igualitaria a todos los candidatos, independientemente de su orientación sexual.


Nuestra sociedad da a menudo la impresión de que los heterosexuales y homosexuales son virtualmente dos especies de seres humanos. Pero el corazón humano es complejo y los patrones de deseo cambian y evolucionan. Yo he conocido a sacerdotes que pensaban que eran gais cuando tenían treinta años, y luego descubrían que no lo eran, y viceversa. Si tenemos que formar a sacerdotes que vivan su celibato fructíferamente, deben estar bien consigo mismos, en toda su complejidad emocional, sin obsesionarse pensando en que ése es el centro de su identidad. Eso es Cristo. «Aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que, cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal como es.» (I Juan 3:2).


Nuestra sociedad está obsesionada con el sexo, y la Iglesia debería ofrecerle un modelo sano, pero no una aceptación compulsiva de la sexualidad. El Catecismo del Concilio de Trento enseñaba que los sacerdotes deberían hablar sobre sexo «con moderación y no en exceso». Deberíamos estar más atentos de a quién pueden odiar nuestros seminaristas más que de a quién pueden amar. Racismo, misoginia y homofobia serían todos signos de alguien que no puede ser un buen modelo de Cristo.


El documento concluye animando a los seminaristas a ser honestos con sus directores espirituales. Mentir no se correspondería con «el espíritu de verdad, lealtad, y disponibilidad que debe caracterizar la personalidad de uno que se considera a sí mismo llamado para servir a Cristo y su Iglesia en el sacerdocio ministerial». Esto es de importancia fundamental. Pero, si el criterio de este documento se interpreta de forma limitada, afirmar que quien sea gai no puede ser ordenado, entonces dejaría a algunos seminaristas en una situación imposible. Si hablan abiertamente, podrían no ser aceptados. Si no lo hacen, carecen de transparencia. El peligro es que los más honestos podrían, por lo tanto, abandonar y los menos honestos, quedarse; contradictorio en sí mismo, y más sujeto a que el abuso continúe. Por lo tanto, es más importante que estos criterios no se interpreten de forman que lleven a la persona a un encubrimiento, lo que impediría activamente la formación de sacerdotes que sean maduros afectivamente.


Timothy Radcliffe