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2019-02-06 “Después que Jesús fue llevado al cielo, los discípulos se volvieron a Jerusalén con gran alegría”

Domingo de la Ascensión del Señor

Hoy celebramos la fiesta de la Ascensión del Señor. Nos acercamos al fin del tiempo pascual, que se inició con la Resurrección del Señor. Su Ascensión es una misma realidad con su Resurrección: Jesús, una vez resucitado, vive ya en su glorificación y, al concluir su misión en la tierra, es llevado al cielo.

El evangelio de hoy nos describe su partida y nos deja el último mensaje de Jesús a los discípulos: proclamar el perdón de los pecados a todos los pueblos. Es decir, extender la Buena Noticia a todos los hombres y mujeres.

Jesús deja esa tarea, ser testigos de su Evangelio, en manos de los discípulos. Y para que tengan la audacia de continuar su obra, les ha dicho: “sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos”, y les ha prometido el envío del Espíritu Santo, que les fortificará para ser sus testigos “hasta los confines del mundo”.

Esta misión la encomienda a unos seguidores todavía vacilantes (cfr. Mt 28, 17), pero Jesús se va con la confianza puesta en sus discípulos, a los que bendice. Los discípulos tienen que aceptar esta separación: no se pueden quedar mirando al cielo (cf. Hch 1, 11); al contrario, frente a esa tentación de pasividad, comienzan seguros su andadura, con la bendición del Jesús cercano y lleno de amor que curaba a los enfermos y perdonaba a los pecadores, gestos de sanación y reconciliación que los discípulos extenderán como testimonio del envío al volver a Jerusalén. Además, para ayudarles en su limitación y debilidad, Jesús les dejará la impronta de su Espíritu.

La ausencia de Jesús hará crecer su madurez. Será Él quien, en su ausencia, promoverá el desarrollo adulto de sus discípulos. Es bueno recordarlo hoy, cuando se extienden entre nosotros el miedo a los retos, la tentación del inmovilismo, la añoranza por un cristianismo pensado para otros tiempos, o por el contrario, un cristianismo sólo experimentado desde la subjetividad. A lo largo de la historia los cristianos hemos caído más de una vez en la tentación de vivir el seguimiento de Jesús de manera cómoda, infantil y sin desafíos.

La fiesta de la Ascensión del Señor nos recuerda que, terminada la misión del Jesús histórico y temporal, en adelante vivimos el tiempo del Espíritu, tiempo nuevo, tiempo de crecimiento responsable. Porque Cristo, por medio de su Espíritu, está con nosotros según su promesa: “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Su Ascensión inaugura una nueva forma de presencia suya más intensa y más eficaz que su presencia física: ya no está junto con sus discípulos, ahora está en sus discípulos, dentro de ellos, dentro de nosotros.

La Ascensión es un gran signo de esperanza para los que confían totalmente en Cristo, con la seguridad de que quienes creen en Él están llamados a compartir no sólo su misión sino también su vida y su gloria. Jesús completó su trayectoria de misión, vida y glorificación, y nos lleva con Él, para que también podamos recorrerla de su mano, puesta la mirada en Dios, del que venimos y hacia el que volveremos.

Este itinerario comenzó el día de nuestro bautismo, cuando se nos confió la tarea de ser como Jesús, acompañados con la fuerza que nos viene de lo alto, y mirando, no ensimismados “hacia arriba”, sino “hacia abajo”, comprometidos con el mundo.

Por eso, ninguna realidad del mundo creado por Dios, y, sobre todo, ni un solo ápice de la humanidad, pueden sernos indiferentes, pues creemos en la glorificación de Jesús como primer acontecimiento que da inicio a la transformación/glorificación de la humanidad. Y es responsabilidad de los creyentes colaborar en esta tarea.

Estamos en las manos del Espíritu, no tengamos miedo, vayamos con alegría. La ausencia de Jesús en su Ascensión no es tal ausencia, es en realidad un paso que hace trascender nuestras vidas con Él y hacia Él, superando todos los límites materiales (como acontece en los sacramentos y, en especial, en la Eucaristía) y que nos transforma y nos devuelve a la realidad transformada. El Espíritu dará luz y aliento para ir buscando caminos siempre nuevos y recrear hoy su presencia. Así nos conducirá hacia la verdad plena de Jesús.

 

                                                                  Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Lucas (24, 46-53)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto». Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

 

 

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