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2019-04-28 “Paz a vosotros”

II Domingo de Pascua.

Hoy es el II domingo de Pascua. El Papa Juan Pablo II estableció que en toda la Iglesia este día, el domingo siguiente a la Pascua, se denomine también Domingo de la Misericordia Divina.

El evangelio de hoy relata la experiencia de los discípulos en presencia de Jesús resucitado. Pero la manera en que relata esa experiencia indica que la fe en Jesús es un proceso que se enfrenta a dificultades y que requiere renovación continua.

Al comienzo de este pasaje, encontramos a los discípulos encerrados “por miedo de los judíos”. El evangelio de Juan presenta a los líderes judíos como los enemigos principales de Jesús. A pesar de que las puertas están cerradas, Jesús se muestra a los discípulos con su presencia acompañada por la paz y por la vida resucitada, en el lugar de las marcas de la muerte de manos y costado. La presencia de Jesús convierte el miedo de los discípulos en alegría. Como los creyentes lo hacemos hoy en día durante el tiempo de Pascua, los discípulos “se regocijaron” ante la presencia de Jesús resucitado. Luego Él les ofrece la paz por segunda vez. La primera oferta de paz fue en respuesta al miedo de los discípulos. Este segundo don de la paz se presenta como una confirmación de la alegría de los discípulos, y como envío a la misión. La implicación para los cristianos es que la paz de Jesús penetra la vida entera del discípulo, tanto en los tiempos buenos como en los malos. No siempre vamos a experimentar temporadas de alegría en nuestras vidas, y este relato del cuarto evangelio nos recuerda que la paz de Jesús está ahí en todos los tiempos. Jesús además, al enviar a los discípulos, les otorga el Espíritu Santo. Es un Espíritu que va a acompañar a los miembros de la comunidad durante todas las etapas de la vida.

El posterior relato de la incredulidad de Tomás es lo más conocido de este pasaje. Tomás no estaba presente cuando Jesús se les apareció a los discípulos por primera vez, y cuando se le dijo lo que había ocurrido, él insistió en que no iba a creer hasta que no viera a Jesús por sí mismo y tocara las marcas de muerte de Jesús.

Querer ver y comprobar no es en sí mismo algo malo, y de hecho puede ser parte del proceso para llegar a la fe en Jesús.Según san Juan, el testimonio confirmado por la visión presencial de Jesús resucitado es la garantía de la fe. Aquí, en este pasaje, vemos que cuando los discípulos le dicen a Tomás lo que ha sucedido, lo formulan en términos de haber visto al Señor. El deseo de ver a Jesús que tiene Tomás es entendible y las palabras de Jesús no necesariamente señalan que Tomás haya hecho algo malo. Además, después de ver a Jesús resucitado, Tomás realiza una confesión más completa que la de cualquier otro personaje del Evangelio con su exclamación: “¡Señor mío y Dios mío!”. “Jesús nos invita a mirar sus llagas, nos invita a tocarlas, como a Tomás, para sanar nuestra incredulidad. Nos invita, sobre todo, a entrar en el misterio de sus llagas, que es el misterio de su amor misericordioso” (Homilíade S.S. Francisco, 12 de abril de 2015).

Celebremos nuestra fe en Jesús resucitado con gratitud y alegría durante este tiempo de Pascua, pero debemos reconocer también que nuestra fe en la resurrección es un proceso que va más allá de la alegría que sentimos en la Pascua. No sólo tendremos momentos de alegría en nuestra relación de fe con Dios. Como les pasó a los discípulos, también tenemos momentos de miedo, incredulidad y duda. Pero el poder de nuestra fe en la resurrección es demostración de que la paz de Jesús y el don del Espíritu Santo permanecen con la comunidad siempre y en todo momento y a pesar de todo.

 

                                                                    Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Juan (20, 19-31)

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventuradoslos que crean sin haber visto».Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

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