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2019-07-07 “La mies es abundante y los obreros pocos”

14º Domingo del TO 

Este evangelio de hoy es la continuación del evangelio del domingo anterior. Refiere la misión de los setenta y dos discípulos, y lo encontramos sólo en san Lucas, el evangelista que tiene un carácter más universalista. Nos dice que los discípulos son designados por Jesús para ir delante de él. El envío o misión consistirá en ser testigos del Evangelio y anunciar a los pueblos que “el reino de Dios ha llegado”.

Sabemos que el número de los apóstoles de Jesús son doce, número que corresponde a las doce tribus de Israel; y que el número de los setenta y dos hace referencia a los setenta y dos pueblos que, según el capítulo 10 de Génesis, componen toda la humanidad. Ambos números ponen de relieve que el Evangelio de Jesús va destinado tanto a los israelitas como a los demás pueblos. Jesús llama, pues, a toda la humanidad. A todos los hombres y mujeres se les debe anunciar el reino de Dios, que consiste en curar a los enfermos y librarles de todos los males.

Los setenta y dos discípulos son enviados como pregoneros de Jesús para prepararle el camino por las ciudades y lugares por donde él tenía que pasar. Y son enviados de dos en dos, porque han de actuar como testigos, pues según la Ley (Deut 19,15), tenían que ser un mínimo de dos para que su testimonio tuviera validez.

El Señor les hace ser conscientes del mucho trabajo, la abundancia de la mies y la escasez de los trabajadores. Las palabras del Señor son crudas: “Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias...” Es decir, los discípulos son enviados sin seguridades -como corderos en medios de lobos-, y son enviados también sin recursos, sin bolsa, ni alforja ni sandalias, sin tiempo para detenerse a saludar. Esta dificultad de la misión pone de manifiesto la ilusión, la generosidad, la constancia y el desprendimiento que hacen falta para llevarla a cabo.

La condición de los discípulos al presentarse es ser portadores de paz. Sus palabras de saludo serán éstas: “Paz a esta casa”. Paz que no sólo se refiere a la salud y el bienestar sino también al don de la salvación que nos ha traído Jesús. Este mismo será el saludo del Señor resucitado.

Jesús envió a los setenta y dos discípulos y estos partieron prevenidos por el posible fracaso de su misión. Seamos conscientes que Dios es el dueño de la mies; todo, en definitiva, depende de Él, porque nosotros sin Él podemos tener éxito o fracasar. San Lucas destaca el rechazo sufrido también por Jesús en las ciudades en las que había predicado y había realizado signos prodigiosos (Corozain, Betsaida y Cafarnaún, citadas en Lc 10, 13-16).

Los discípulos se sacudían los pies cuando se rechazaba su testimonio. Según los rabinos, el polvo de las tierras de los gentiles traía impurezas, y los estrictos judíos se sacudían el polvo al regresar del extranjero a Palestina. El hecho de que los discípulos se sacudan el polvo de sus pies quiere expresar que los israelitas que rechazaban la buena nueva de Jesús, no eran mejores que los gentiles.

Pero los setenta y dos vuelven llenos de alegría, porque su misión ha tenido éxito; han constatado que, en nombre de Jesús, los males son vencidos. Venían contentos por la tarea bien hecha: por expulsar todo tipo de demonios. Experimentaron que con la potestad de Jesús fueron capaces de hacer el bien y combatir el mal, y nada les hizo daño. Al final, Jesús nos da una gran enseñanza: que lo importante no es el triunfo, sino el hecho de que nuestros nombres estén escritos en el cielo, esto es, que somos hijas e hijos amados por Dios. Por eso Jesús invita a pedir insistentemente para que el dueño envíe operarios a su mies. La iniciativa parte del Señor, que es el que nos envía y quiere que comuniquemos vida a todos.

La meditación de las palabras de Jesús “la mies es abundante y los obreros pocos” ha invitado a muchas y muchos, sobre todo jóvenes, a hacerse un planteamiento vocacional: ¿por qué no dedicar mi vida a esta misión de anunciar el reino de Dios? Es una tarea de toda la comunidad cristiana y no sólo de sacerdotes, religiosas, consagrados y misioneros.

Todos somos misioneras, misioneros y portadores de paz. La Iglesia en sus principios creció gracias a la acción de los discípulos, que, al expandirse por los diversos lugares, sembraron nuevas comunidades cristianas. Los creyentes tenemos que implicarnos en la misión, no por falta de vocaciones, sino por la urgencia de la propia vocación cristiana, esto es, generar fraternidad y hacer sitio a la presencia de Dios. Nosotras y nosotros también tenemos que ser misioneras y misioneros. Nos urge continuar anunciando el reino de Dios, dar testimonio de su presencia en medio de un mundo donde no se reconoce a Dios, pero un mundo a la vez deseoso de autenticidad y valores, de superar sus enfermedades y males, y alcanzar el bienestar y la felicidad. Si somos conscientes que el reino de Dios está dentro de nosotros, si cada día hacemos propósito de recordarlo, con nuestras palabras y obras no tendremos dificultad en hacerlo presente.

                                                                                                                                                                                                      Ricardo Rodríguez Villalba.

 

Evangelio según san Lucas (10, 1-12. 17-20)

 

Después de esto, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa en casa.  Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: “El reino de Dios ha llegado a vosotros”. Pero si entráis en una ciudad y no os reciben, saliendo a sus plazas, decid: “Hasta el polvo de vuestra ciudad, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que el reino de Dios ha llegado”. Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para esa ciudad.Los setenta y dos volvieron con alegría y le dijeron: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.” Él les contestó: “Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo. Y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.”

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