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2019-07-28 “Pedid y se os dará”

17º Domingo del TO 

El evangelio de hoy da continuidad al evangelio del domingo pasado. En aquel evangelio vimos a María a los pies de Jesús, escuchando su palabra. En el pasaje evangélico de hoy, Jesús despierta en los discípulos la necesidad de rezar, de aprender de su maestro a orar. En esta relación discipular, Jesús, que es el enviado del Padre, a su vez envía a sus discípulos. Por eso les enseña a orar.

Podemos apreciar en este evangelio una cuidada estructura: la pequeña introducción donde se presenta la petición de un discípulo, que da paso a tres partes: una primera parte con la enseñanza del Padrenuestro, otra segunda parte con la parábola del amigo inoportuno, y una tercera parte que habla sobre la  eficacia de la oración, con el ejemplo de la atención a los hijos y la superior bondad de Dios.

La petición de un discípulo da lugar a la respuesta de Jesús, que se refiere a la relación con Dios Padre, una relación centrada en la oración. Estos tres contenidos, el Padrenuestro, la parábola del amigo inoportuno y la enseñanza sobre la bondad de Dios, giran en torno a la confianza en el Padre e insisten, cada uno de una forma, en presentar a Dios como cuidador, fuente de dones y firmeza del creyente. Las palabras importantes aquí son orar, pedir, ydar. Vemos también que la mención al Padre abre y cierra este evangelio. Desde un punto de vista lingüístico, el texto pasa del “orar” al “pedir”. Podemos darnos cuenta que en este pasaje Jesús dice que la oración es fundamentalmente petición.

Jesús nos habla de la confianza en Dios, lo que significa presentar sin temor nuestros deseos, nuestras preocupaciones y necesidades. Es por esa razón que Jesús nos entrega la oración del Padrenuestro como modelo perfecto de cómo y con qué actitud debemos dirigirnos a Dios, y nos invita a ser amplios en nuestros deseos y anhelos en la oración.

El Padrenuestro incluye todo lo que debe ser el gran anhelo cristiano: que Dios y su amor estén presentes en el corazón de las mujeres y los hombres, para que demos gloria a su nombre; que el mundo sea según la voluntad del Padre, que el amor y la fraternidad sean lo que marquen la vida de mujeres y hombres y nadie quede al margen de una vida digna. Que a nadie falte el alimento de cada día y tampoco el alimento espiritual. Por último, el Padrenuestro nos hace pedir perdón por nuestra realidad débil y pecadora, y perdonar a los que nos han ofendido; recordándonos lo importante que es mantenernos en oración para no separarnos de Dios.

A continuación del Padrenuestro, la parábola del amigo inoportuno nos recuerda que Dios se deja siempre conmover por una oración perseverante. Por eso la tradición orante de la Iglesia es una tradición de peticiones y súplicas, que manifiesta la actitud de confianza en el consuelo, el apoyo y laseguridad que solamente pueden venir de Dios.

Como Jesús tiene en el Padre una confianza absoluta, los discípulos deben aprender a confiar como él: «Os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá». La experiencia de Jesús es la de quien pide y recibe; la de quien busca y halla; la de quien llama y se le abre. De Jesús hemos de aprender su confianza, como comportamiento evangélico y profético. Las invitaciones de Jesús de pedir, buscar y llamar apuntan hacia la misma actitud básica de confianza, aunque sugieren matices diferentes.

Pedir es la acción del que no tiene y necesita lo que no puede conseguir por sí solo. Jesús conocía a sus seguidores como necesitados, en indigencia y fragilidad. La pobreza de Jesús se enfrenta a la riqueza del mundo, porque ninguna abundancia material puede satisfacer los corazones como lo hace la riqueza que Dios da a sus pobres. Por tanto, la Iglesia de Jesús, para que sienta la necesidad de pedir, debe ser pobre, como lo fueron los discípulos.

Buscar es otra cosa diferente a pedir, es la acción de moverse e indagar. Los discípulos somos buscadores del reino de Dios y de su justicia. Jesús nos invita a buscar para hallar, porque Dios no deja de proveer de lo necesario para la vida de la comunidad.

Llamar a la puerta es provocar la atención para ser atendidos y conseguir entrar. Y Dios responde cuando se le llama, pero responde no desde nuestros deseos y necesidades espaciotemporales, sino desde su perspectiva de Padre, que nos da lo que nos conviene. Debemos aprender a llamar a Dios con más insistencia desde las necesidades, contradicciones e interrogantes de nuestro presente, para que la respuesta de Dios los ilumine.

 

El poder contar con Dios no quiere decir que tengamos que esperar que Él nos resuelva todos los problemas. Pero sí quiere decir que Él nos da la mano en nuestro caminar, nos da fuerza y valor. Es tener al lado a Aquél que no nos deja nunca; es poder vivir todo acontecimiento, por duro que sea, acompañado por un amor muy grande, pleno, infinito. Sería manipular a Dios si sólo le pidiéramos ayuda y fuerza para nuestras angustias y problemas personales y no le reconociéramos siempre presente en todas las circunstancias de la vida.

 

Jesús nos enseña a pedir confiadamente a Dios que es Padre, amigo y compañero en el camino de la vida. Cuando se ora de verdad se sale de uno mismo para abandonarse en Dios con ánimo generoso, con simplicidad inteligente, con amor sincero. Orar es pensar en Dios amándole. La oración es camino de comunión con Dios, que nos lleva a la comunión con las mujeres y los hombres. La oración, más que hablar es escuchar; más que encontrar, es buscar; más que conseguir, es esperar; más que quietud y descanso, es trabajo y perseverancia. Rezar es estar abiertos a lo inesperado de Dios, a sus caminos y a sus pensamientos, como quien busca aquello que no tiene y lo necesita. Así la oración aparece como regalo, como misterio, como gracia.

 

Hemos orado y hemos pedido, y al final el evangelio dice que Dios nos dará. ¿Qué regalo nos puede dar un Padre perfecto? El Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden, concluye Jesús. De los buenos regalos que podemos recibir, Jesús menciona el mejor don que él va a enviar a sus discípulos: el Espíritu Santo. Con el Espíritu, Dios nos ha guardado para su reino y nos ha dado su presencia para siempre. Y, para completar esta acción, ese mismo Espíritu nos ayuda a orar, como dice Rom 8, 26-27: “Del mismo modo, el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables”.

 

En la oración, lo importante no es obtener esto o aquello, sino que nunca falte la gracia de ser fieles seguidores de Dios cada día. Esta gracia está asegurada al que ora sin cansarse, pidiendo insistentemente el don del Espíritu Santo, en que se incluyen todos los bienes sobrenaturales que Dios quiere conceder a sus hijas e hijos. Y quien pide a Dios, ha de ser agradecido y darle una respuesta en la oración, en la relación de confianza y dependencia filial. Para que los discípulos experimenten su total dependencia del Padre y sean movidos por sus dones, “el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden”.

Con deseo insistente, oremos y confiemos para que Dios nos dé su Espíritu.

                                                                               

                                                                               Ricardo Rodríguez Villalba.

 

Evangelio según san Lucas (11, 1-13)

 

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos». Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”». Y les dijo: «Suponed que alguno de vosotros tiene un amigo, y durante la medianoche viene y le dice: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”; y, desde dentro, aquel le responde: “No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”; os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues yo os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?».

 

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