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2019-08-04 “El que atesora para sí, no es rico ante Dios”

18º Domingo del TO  

El evangelio de hoy con este fragmento de Lucas presenta a Jesús respondiendo a un hombre que le pide que intervenga en una disputa familiar. Como sucedía con los rabinos y líderes religiosos de la antigüedad, también Jesús es invitado a ayudar en la solución de una disputa familiar. Esta era una práctica común desde muy antiguo, y se mantiene hoy en determinados ámbitos. En Deuteronomio 21,15-17 encontramos un ejemplo que ilustra lo que debe hacerse en un caso de conflicto por la primogenitura.

La respuesta de Jesús es que no desea intervenir en la disputa. Por un lado, Jesús con su respuesta se niega a jugar el papel de juez o intermediario en disputas hereditarias, queriendo indicar que Él ha venido no a ocuparse de los bienes transitorios sino a anunciar el reino de Dios. Por otro lado, Jesús aborda el tema que parece ser la raíz de la polémica entre el hombre y su hermano: el reparto de una herencia y el origen del desacuerdo: la codicia.

Jesús previene contra la codicia. La parábola sobre el hombre rico que se cree autosuficiente después de que su cosecha ha producido en abundancia, ilustra el afán de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas. El lenguaje del texto se caracteriza por el uso reiterativo de la primera persona, lo que quiere indicar la actitud egoísta del hombre y el ensimismamiento por los bienes que ha acumulado.

Depositar la esperanza y la confianza en las riquezas es una de las expresiones más comunes de idolatría: El dinero y los bienes materiales reemplazan el lugar de Diosy los valores del reino de los cielos son sustituidos por los valores de la cultura secular de poseer ilimitadamente y de acumular recursos materiales.

Los evangelios están repletos de enseñanzas que advierten acerca de la idolatría y el mal uso de la riqueza. Es muy conocida la expresión “donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Lc 12, 33-34); también, la enseñanza sobre la pobreza en las bienaventuranzas (Lc 6, 20). Jesús exhorta a sus discípulos a que en lugar de amontonar riquezas, aprendan a compartir y a dar limosnas con una actitud sincera con el necesitado que afirme su dignidad (Mt 6, 2-4). Jesús también enseña a los discípulos a pedir “cada día el pan cotidiano” (Lc 11,3) sin olvidar que tanto la comida como el vestido son provistos por el Padre que sabe que necesitamos todo esto (Lc 12, 22-30). Es más, Jesús enseña que para quienes buscan el reino de Dios, todas las demás cosas les serán añadidas (Lc 22, 31). Finalmente, es muy conocido otro dicho de Jesús: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13).

Jesús no vivió en una pobreza indigente ni quiso que sus discípulos fuesen unos desarrapados. Más bien, en Jesús la pobreza es entendida como libertad y desasimiento frente a las riquezas materiales; y por ello dice: “No os preocupéis por la vida, pensando qué comeréis o con qué os vestiréis” (Lc 12, 22).

El apego a las riquezas, la Biblia lo denomina vanidad; y en el evangelio de hoy, Jesús no duda en llamar “necio” al hombre de la parábola que atesora para sí, y cuando le van a reclamar el alma no ha sido rico ante Dios. La necedad y el pecado de este hombre es haber acumulado riqueza con el objeto de gozarla egoístamente, sin acordarse de Dios. Porque se puede acumular patrimonio, pero el hombre, inevitablemente destinado a la muerte, se verá forzado a abandonarlo. Entonces, ¿para qué afanarse? ¿Para qué sirven las preocupaciones por acumular? Quiere decirse que la vida terrena vivida por sí misma y sin la mirada de Dios es totalmente desilusionante. Eso significa ser necio. Para Jesús, la necedad se opone a la sabiduría, y la sabiduría consiste en ser rico ante Dios.

Por tanto, en la parábola se resumen dos actitudes en cuanto al uso de la riqueza: Por un lado están quienes acumulan para sí mismos. Por otro lado están quienes son ricos para con Dios. La primera actitud es la del hombre rico de la parábola,que personifica la avaricia. Si la avaricia representa a los que acumulan bienes para sí mismos, lo opuesto representaría a quienes son ricos para con Dios. En el evangelio tenemos un ejemplo de lo opuesto a la avaricia: Zaqueo (Lc 19, 1-10), que era jefe de publicanos y rico. Después de haber hospedado a Jesús en su casa, Zaqueo dice: “Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguien, se lo devuelvo cuadruplicado” (Lc 19, 8).

Ante el reto de este evangelio ¿quién es rico ante Dios? Podríamos decir que aquel que siendo pobre y desprendido, está abierto a la escucha de su Palabra, el que intenta hacerla vida y se deja transformar por ella, el que sabe poner su persona, su tiempo, sus bienes al servicio de los hermanos…, no es una cuestión de cantidad sino de totalidad.

Existe un problema serio para vivir la fe, sobre todo en una sociedad que cada vez es más materialista y con permanente tendencia para atrapar nuestro corazón y alejarlo de Dios.

Los ídolos del corazón humano son muchos: nuestro cuerpo, nuestros trabajos, nuestro tiempo, nuestros afectos y prioridades, nuestros amigos, en qué empleamos nuestro dinero, son espacios donde podemos caer en idolatría. El dinero es quizás el que más sobresale, pero también se encuentran el poder, el consumo, el sexo… e incluso, lo que puede ser bueno, cuando se hace absoluto, se transforma en perjudicial: la misma ciencia, la técnica, el trabajo que no deja espacio a otros aspectos personales, el cuidado de sí mismo, el ocio…

El tiempo de ocio también puede ser espacio de idolatría. Veamos por ejemplo, qué ocurre con el domingo, el día del Señor. El domingo está dentro del “fin de semana”, tiempo en que el objetivo es “cortar” con la rutina de la semana para descansar o divertirse. El descanso festivo se vive como una ruptura de nivel de lo cotidiano, pero a veces es difícil entender que esa ruptura es una oportunidad para reunirnos en comunidad para celebrar y orar, y muchas veces se descuida y no se dedica a Dios.

En conclusión, Jesús es tajante: El éxito de la vida, su conservación o su final, no depende de las riquezas. Como si aquello que queremos retener nos diera futuro y seguridad. Ocurre que nos cuesta vivir los auténticos valores de la vida. Cuando la cultura del consumo es el valor supremo, se hace muy difícil descubrir lo que verdaderamente hay detrás de la realidad cotidiana:la persona en sí misma y su relación con Dios. Empleamos mucho tiempo en acumular, en reconocimientos, logros, etc., pero el valor de la persona no está en su patrimonio material y su reconocimiento social, porque todo lo podemos perder de un día para otro. Una vez que el hombre pierde o se le extingue su apariencia exterior, le quedan sólo los recursos interiores. La verdadera riqueza de la persona está en su corazón, en su completo desarrollo personal.

El cristiano debe saber vivir, con pocos o con muchos recursos, pero con desprendimiento de las cosas que le alejan de Dios, y así será rico ante Dios. Como dice la oración: Deseé la riqueza para llegar a ser dichoso, pero Dios me ha dado pobreza para alcanzar la sabiduría. Quise poder para ser apreciado por los hombres, pero Dios me concedió debilidad para que llegara a tener deseos de Él.

                                                                              Ricardo Rodríguez Villalba.

 

Evangelio según san Lucas (12, 13-21)

Entonces uno de la gente dijo a Jesús: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia». Él le dijo: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?». Y les dijo: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes». Y les propuso una parábola: «Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose: “¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”. Y se dijo: “Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”. Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”. Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios».

 

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