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2019-08-18 “He venido a prender fuego en el mundo”

20º Domingo del TO 

El evangelio de hoy pertenece a la sección que se extiende de Lc 12,1 aLc 13, 9, con avisos y exhortaciones de Jesús, y quehemos ido leyendo los dos domingos precedentes con los discursos sobre la prevención de la codicia y la necesidad de velar. Este evangelio es su continuación.

Sus palabras nos dejan un tanto inquietos. Jesús se está preparando para su crucifixión en Jerusalén, y pronuncia la palabra bautismo para referirsea su destino. El bautismo es la muerte de cruz: Jesús será sepultado bajo las aguas de la muerte, para después resucitar.

La simbología del fuego y de la división pertenece a un lenguaje religioso que estaba en vigor en algunos grupos judíos de la época que esperaban la llegada inminente del Dios mesiánico que salvaría a su pueblo y aniquilaría a sus enemigos. El fuego (purificación) lo aplica Jesús a sí mismo: él es la presencia de Dios que ya ha llegado y ha comenzado a instaurar su reino de justicia: “He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!”. Con el símbolo del fuego nos está mostrando su misión de forma más radical. Prender fuego en el mundo quiere decir purificar, transformar, cambiar.

La pregunta que nos surge ante este texto es: ¿Cómo puede decir Jesús que ha venido, no a traer paz, sino división? ¿No es este Jesús el príncipe de la paz anunciado por Isaías, y el que, tras resucitar, dejó su paz a sus discípulos?

Jesús sabe que la radicalidad de su mensaje producirá en los oyentes duda y renuncia, y tendrá oposición. Él sabe que en la medida en que entendamos su mensaje y nos propongamos extenderlo por todo el mundo, como es nuestra misión, encontraremos oposición; su mensaje no siempre es comprendido ni compartido. Y nos avisa que esto va a dividir a la humanidad: unos le van a seguir; otros, no.

No es que Jesús pretenda provocar la división, al contrario, es el pecado el que hace que la humanidad se rebele contra el evangelio. Deseamos intensamente el amor de Dios y su justicia, pero al mismo tiempo nuestro corazón nos puede alejar del deseo de Dios.

El texto de Lucas, por otro lado, hace referencia a una comunidad donde algunas personas, al bautizarse a la fe en Jesús, habían sido abandonadas por sus familias, bien judías o bien paganas. Por eso se mencionan los enfrentamientos entre padre e hijo, entre madre e hija, entre suegra y nuera. En aquel tiempo, bautizarse y entrar en la comunidad cristiana era una decisión radical que cambiaba la vida y las circunstancias personales y familiares.

El tiempo presente, como aquel, es un tiempo de cambio y crisis. Para nosotras y nosotros, por tanto, este texto tan duro puede ser un aviso para que nos planteemos nuestro compromiso creyente de cada día. Es necesario que luchemos contra nuestro propio pecado, contra nuestras comodidades, nuestros egoísmos, y también, contra las estructuras de pecado de nuestro entorno. Salir del confort puede provocar incomodidad o conflicto; Jesús no nos quiere instalados, no nos quiere tibios ni indiferentes. Nos quiere apasionadas y apasionados por el Evangelio.

La paz interior, signo de armonía entre el ser humano y Dios, no nos libra de la lucha y la guerra contra todo lo que en nuestro interior o en el propio ambiente se opone al plan de Dios y a nuestra integridad de hijas e hijos amados por Dios, incluso si hemos de enfrentarnos a nuestras personas queridas y separarnos de ellas, caso de que nos impidan nuestro desarrollo personal, practicar la fe y realizar nuestra vocación según Dios.

Jesús libre y liberador es a quien hemos de mirar y seguir. Él ha anunciado el reino de Dios, pero el mundo está en tensión contra su reino. Jesús quiere que demos un vuelco a los criterios y valores del mundo. Convocadas y convocados a la misión de Jesús, hemos de examinar las luces y sombras de nuestra vida y nuestro entorno, y provocar el cambio. Nadie podrá seguir a Jesús con el corazón apagado o con religiosidad aburrida. Jesús desea que su redención habite pronto en nosotros y nos acompaña. La misión merece la pena.

 

                                                                              Ricardo Rodríguez Villalba.

 

 

Evangelio según san Lucas (12, 49-53)

 

Dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra».

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