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2019-15-02 IGLESIA Casa común con mirada arcoíris

Reproduciomos un articulo aparecido en la rivista Mensajero de Luis Mariano Gonzalez

 AL recoger el símbolo de fe, quedó patente que el sentir de las primeras comunidades cristianas era entonces, como lo es también ahora, vivir un espacio teológico y de encuentro en el que crecer, conocer y generar vínculos de fraternidad.

 

CREDO ECCLESIAM

 

En el germen de la Iglesia, está presente el misterio del Dios Trinitario que actúa en ella y por medio de ella. Recomiendo la lectura de CORDOVILLA, Ángel (Ed). Santiago MADRIGAL TERRAZAS, La lógica de la fe. Manual de Teología Dogmática. Publicaciones de la UPCO. Madrid, 2013.

La Iglesia está configurada con y por Jesús, es el espacio histórico donde acontece la obra santificadora de la Santa Ruah. No podemos entender a Jesús sin su Iglesia. La Ruah en hebreo es el soplo que posibilita la existencia, la base de todo lo que vive. Un término femenino que se podría traducir como «la Espíritu». Así que en la Biblia hebrea el Espíritu tiene forma femenina: es «la Ruah», la brisa, el «aleteo» de Dios sobre las aguas, un soplo. En la Iglesia los creyentes miramos a Jesús en busca de orientación, y también la miran aquellos a los que la Iglesia poco o nada les dice, pero sí lo hace la figura del Nazareno que les interpela. Jesús, el Mesías, el totalmente inclusivo, nos orienta en caso de duda y es en su Iglesia, donde Dios nos acaricia, y nos recuerda que somos como somos porque Él en su proyecto originario nos soñó así, diversos, complementarios y todos necesarios en la construcción del Reino y al hacer Iglesia, como espacio acogedor, amable y plural. Últimamente una realidad eclesial está tomando la palabra: la de las personas LGTB (colectivo de personas Lesbianas, Gays, Transexuales, Bisexuales e Intersexuales) que creemos que Jesús es el Señor, y que formamos parte de la Iglesia Católica a través del bautismo y caminamos en diferentes comunidades, grupos y parroquias. El misionero claretiano José Cristo Rey García Paredes expresa, desde mi punto de vista con mucho acierto, lo que significa esta presencia diversa en las diferentes realidades eclesiales y lo que las comunidades «arcoíris» suponen para quienes descubren que las personas con diversidad sexual y de género (DSG) hemos estado, estamos y estaremos en la Iglesia. Escribe así en Una comunidad humana-cristiana (LGTB+I) nos ha sobresaltado: «Tiempo de sobresalto es tiempo de Pascua. Tiempo de sobresalto es nuestro tiempo, si estamos atentos a las señales del Espíritu, o al espíritu del tiempo. “Unas mujeres nos han sobresaltado” (Lc 24 ,22), decían los discípulos de Emaús. Hoy podemos decir que, las comunidades LGTBI nos han sobresaltado. Ante cuestiones que ellas nos plantean – tanto en clave antropológica, religiosa y cristiana nos sentimos perplejo De ello hablamos, aunque con un cierto sigilo y nos cuesta dejar de pensar “como siempre se ha hecho”. Bien sabemos que no es fácil encontrar la síntesis entre lo que un nuevo paradigma antropológico nos propone y lo que la fe tradicional y su teología, o las religiones han enseñado. En el fondo, la cuestión que las comunidades LGTBI nos proponen, tiene que ver con la identidad de cada persona: poco importa si esa persona es religiosa, agnóstica o atea, si pertenece a una confesión cristiana o a otra, si pertenece a la vida consagrada, laical o ministerial. La cuestión es que las comunidades LGTBI nos afectan a todos». La realidad de las personas con DSG expresada de esta manera supone, por un lado, un desafío para un determinado modelo eclesial y pastoral; y, por otro, una oportunidad donde ofrecer espacios libres de prejuicio y recelo, de encuentro y diálogo donde compartir la fe y humanidad que enriquezcan a la comunidad. Narrar historias de vida, que pongan en valor lo diferente, la diversidad con rostro y nombre de los hermanos y hermanas LGTBI, a sus familias y amigos para vencer miedos y poder re-conocerlos. Porque, lo que no se conoce, no se puede comprender ni amar. Para profundizar en esta cuestión, propongo tener en cuenta el libro del jesuita James Martin Tender un puente. Cómo la Iglesia Católica y la Comunidad LGBTI pueden entablar una relación de respeto, compasión y sensibilidad.

COMUNIDADES CRISTIANAS «ARCOÍRIS»

Los creyentes con DSG nos sentimos juzgados por una parte de la Iglesia y también del mundo del activismo LGTBI. Ni unos ni otros llegan a conocernos en profundidad, y nos corresponde ser agentes de cambio, testigos de la fe, la esperanza y el amor para así dejar de ser una minoría oculta y ocultada. Necesitamos que se nos reconozca, porque estamos y somos. Nuestro apostolado es imprescindible, pues tenemos la experiencia de la acción de Dios en nuestras vidas, que nos hace ser fieles a la Iglesia, porque creemos que nuestro compromiso es permanecer en ella, porque es nuestra casa, donde, a pesar de algunas incomprensiones, posiblemente fruto del desconocimiento y el miedo, nos encontramos a gusto, sabiendo que formamos parte de una comunidad fraterna. Creemos que con tiempo y voluntad, cualquier fobia podrá ser superada y vencida. En la Iglesia la defensa de los derechos humanos de las personas con DSG es una causa que se acoge con juicios morales y éticos añadidos, dificultando el acompañamiento. El miedo daña las relaciones, tanto dentro como fuera de la Iglesia, y genera frutos amargos. Para neutralizar estos daños, es necesario generar más espacios de diálogo y formación. Sabiendo que el Espíritu Santo no ha dejado de la mano a su Iglesia, y que cada vez más creyentes –incluida la jerarquía– tienen una mirada amplia, respetuosa, compasiva y sensible, abriéndose a la acogida de lo diverso, apostando para que la Iglesia siga siendo espacio de encuentro fraterno. En el momento que dejamos de ser invisibles y se nos da la oportunidad de estar integrados plenamente, algo bonito comienza a pasar. Entonces te sientes reconocido, querido y valorado por ser tú y, a la vez, pasas a ser un referente para otros creyentes DSG y su entorno más cercano, familia y amigos, rompiendo soledades y devolviendo esperanza. En el diálogo descubrimos «eso de Dios que a mí me falta», experimentamos que nuestro Dios ha creado y ha visto que todo era bueno (Gn 1). Un Dios que sigue creando creadores, que cuenta con cada persona para ser agentes activos de la creación que no acaba nunca. Un Dios que no deja parar a las comunidades que se interrogan y se dan una oportunidad para crecer, a los grupos que sienten una moción interior de apertura total a lo distinto, por muy inquietante y desafiante que les pueda parecer. Solo desde los espacios de encuentro se podrá ayudar a la Iglesia y al mundo a ampliar los horizontes de justicia, solidaridad y paz. Reconociendo y nombrando la diversidad, podremos recuperar la serenidad necesaria para ganar confianza y que las narraciones que nos lleguen de lo que es diferente, nos lleven también a Dios. Así está pasando ya en muchos lugares del mundo y en nuestro entorno cercano. Existen varios grupos y comunidades cristianas-ecuménicas de Diversidad Sexual y de Género, a mi modo de ver como acción del Espíritu Santo. La Iglesia y la Teología se sienten interpeladas por las comunidades de cristianos y cristianas «arcoíris». Estas comunidades plantean cuestiones que no se pueden ni deben dar por zanjadas, pues la presencia que tenemos en la Iglesia, nos reta a todos a trabajar por superar la ambivalencia relacional y preguntarnos cómo las minorías influyen en la pastoral de acogida, especialmente de los alejados, y de qué manera están incidiendo para ayudar a repensar las categorías teológicas y a ir creando conciencia en la Iglesia de nuestra presencia y a los creyentes con DSG, a tener una fe más allá del resentimiento para no quedar atrapados en la herida. Por eso es importante que hermanos y hermanas heterosexuales se involucren en estos procesos, pues aportan un modo de estar libre de prejuicios y acompañando (Exhortaciónapostólica Amoris Laetitia), que es uno de los regalos que la Iglesia hace al mundo. Estamos profundamente agradecidos porque de esta manera vamos todos ensanchando nuestros corazones y nos vamos dando cuenta de que en él caben muchos nombres.

 

MIRAD CÓMO SE AMAN

 

Una de las verdades antropológicas es, como recoge Emma Martínez Ocaña en Cuerpo espiritual (Ed. NARCEA) que «nuestros cuerpos son el único lugar en el que podemos ser lo que somos», tal y como el Creador nos soñó desde el principio. El proyecto de Dios es un proyecto de amor que necesita de una Iglesia cada vez más abierta a los que sufren. No podemos ni debemos olvidar que a las personas LGTBI se nos persigue y asesina en muchos lugares del mundo por ser como somos y amar como amamos. La Iglesia, por medio de sus instituciones, está junto a las personas que sufren. Pero es importante que en el acompañamiento a las personas con DSG, a sus familias y amigos, siga en diálogo con las ciencias en esta cuestión, generando espacios de formación y reflexión, acercándose a lo diferente y reconocer que en la lucha por los derechos humanos de las personas con diversidad sexual y de género, se encuentran inmersas todas las demás luchas. También la de las mujeres, a la que el colectivo LGTBI debe tanto, la de las personas inmigrantes y refugiadas, la de las personas con diversidad funcional, la de los condenados a morir de hambre y sed por causa de políticas neoliberales, la de los que carecen de empleos dignos para poderse mantener o no lo tienen, la de la preservación del medio ambiente, etc. En definitiva, las causas por las que Jesús volvería a dar su vida. San Ignacio de Loyola, recordándonos el Evangelio, nos regala el poder servir a Dios más en las obras que en las palabras. Solamente me sale decir, gracias a las parroquias, comunidades y grupos que se dejan interpelar por las personas y comunidades de «católicos arcoíris», sabiendo que es Jesús el que nos mueve en un amor incondicional y que en esto reconocerán que somos sus amigos, en que nos amamos los unos a los otros. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor y su Iglesia es la casa común de la humanidad y espacio privilegiado para el encuentro.

 

 

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