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2020-01-05 y 06 “Vieron al niño, y cayendo de rodillas lo adoraron”

2º domingo de Navidad y Epifanía del Señor

Hoy segundo domingo después de Navidad y mañana día de la Epifanía continuamos celebrando los misterios de la encarnación y nacimiento de Jesús. Navidad y Epifanía son dos caras del mismo acontecimiento. Si la Navidad celebra el acontecimiento histórico de la manifestación de la salvación de Dios en Jesús de Nazaret, la Epifanía incide en el significado de la iluminación, la aparición y el desvelamiento, siendo la fiesta de la luz. «La Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Este fragmento del evangelio de san Juan nos habla de la Palabra de Dios que se nos ofrece, que nos proporciona la Vida en Dios, en un crecimiento sin límite, y que también nos alumbra con la Luz de Dios. El evangelista nos dice que Dios asumió la condición humana y se instaló entre nosotros. Y en estos días lo encontramos en el seno de una familia: ahora en Belén, y más adelante con ellos en el exilio de Egipto, y después en Nazaret. Dios ha querido que su Hijo comparta nuestra vida. La Palabra se hace hombre para acompañarnos en este camino de nuestra vida mediante la luz y vida que comunica. Y nosotros lo reconocemos por medio de lo visible, el niño que acaba de nacer. Y continúa el evangelista: «Hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad». La presencia de Dios en la historia humana es uno de los aspectos del misterio de la Navidad. Dios no nos salva desde lejos, sino que se hace nuestro compañero de camino. Así es como nuestra misma historia se convierte en una historia de salvación. Y es nuestra gran alegría.

En la Epifanía, Jesús se manifiesta a los magos de Oriente. Los magos vienen del Oriente pagano. No conocen las Escrituras Sagradas de Israel, pero sí el lenguaje de las estrellas. Buscan la verdad y se ponen en marcha para descubrirla. Se dejan guiar por el misterio, sienten necesidad de «adorar». “Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”, dicen los magos en busca de Dios. La conducta de los magos, esto es, divisar la estrella y ponerse en camino, fue todo uno. Los magos no dudaron en seguir la estrella, porque su convicción era sólida, firme; no titubearon frente a la fatiga del largo viaje, porque su corazón era generoso. Son los que vienen de lejos y buscan, preguntan y se asombran. Por fin se encuentran con el niño y, «cayendo de rodillas, lo adoraron». Después, le entregan las riquezas que tienen y los tesoros más valiosos que poseen. La visión de un niño pobre los sorprende, pero una vez que se han asombrado, la alegría cambia sus vidas y ya no regresan por el mismo camino.

El evangelista san Mateo nos indica dos reacciones muy diferentes ante Jesús: la actitud de los magos y la de Herodes. La contraposición es muy fuerte: unos viajan, están atentos a los signos, preguntan con toda sinceridad y se alegran inmensamente cuando encuentran al niño. El otro tiene miedo del adversario que le pueda quitar el trono y hace cálculos con engaño… Esto es lo que encontrará Jesús a lo largo de su vida: hostilidad y rechazo desde el poder político; indiferencia y resistencia en los líderes religiosos judíos. Sólo quienes buscan el reino de Dios y su justicia lo acogerán. Jesús recién nacido: él es el Mesías esperado, que va a ser rechazado por los judíos pero acogido por muchos paganos. Los magos de Oriente representan a esos paganos que han sido capaces de leer los signos de los tiempos despuntando como aurora en la noche de la historia.

Epifanía quiere decir también reconocimiento y adoración a Jesús por todos los pueblos, que desde ahora se unen en un solo Pueblo de Dios, la Iglesia. Jesús ha venido no sólo para la salvación de Israel, sino para la de todos los hombres y mujeres de cualquier raza o nación y condición, porque todos son hijos e hijas de Dios. El camino de la Epifanía, descubrir el amor y manifestarlo, se muestra ahora como el camino verdadero. Epifanía es descubrir toda la bondad y la belleza de Dios donde no lo esperábamos: en la intemperie y el suelo del pesebre, en lo pequeño, y tocados por una nueva luz que alumbra esta vulnerabilidad, humildad y pobreza; es llevar a Dios a los demás por un camino nuevo, un camino que ha de ser necesariamente de alegría, porque hemos visto a Dios.

Jesús se cruza en la vida de muchas personas. Para encontrarle se requiere voluntad de buscarle, de moverse, de preguntar sin desanimarse, como los magos de Oriente, de salir de nuestra poltronería, de nuestra rutina, de apreciar el inmenso valor de encontrar al Señor. Este relato de la Epifanía y adoración de los magos nos plantea preguntas decisivas: ¿Qué cosas o a quién adoramos? ¿Cómo se llama el «dios» que adoramos en el fondo de nuestro ser? Nos decimos cristianos, pero ¿vivimos adorando al niño de Belén y buscándole sólo a Él? Si no le encontramos y no lo adoramos, no hemos encontrado nada en la vida, porque sólo Él es el Salvador: encontrar a Jesús es, como dice san Juan en su evangelio, encontrar el camino que nos lleva a conocer la verdad que nos da la vida.

                                                                                                      Ricardo Rodríguez Villalba

 

Evangelio según san Mateo (2, 1-12)

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.»  Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y toda Jerusalén con él; convocó a los  sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el  Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: "Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel."»  Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.»  Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se  marcharon a su tierra por otro camino. 

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