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2020-01-19 “Yo he visto al Cordero de Dios, y he dado testimonio”

El evangelio de hoy está en continuidad con el que escuchamos el domingo pasado, el día del Bautismo del Señor. El texto de hoy no narra el Bautismo de Jesús pero sí nos cuenta el testimonio que Juan Bautista daba sobre Jesús, fundándose en el episodio del Bautismo.

El pasaje de san Juan comienza en el versículo 29 con la frase «al día siguiente». El contexto nos permite apreciar mejor el anuncio que hizo Juan Bautista «al día siguiente». El día anterior ha estado respondiendo a los que han sido enviados a preguntarle si era el Mesías. No lo es. ¿Es Elías? No lo es. ¿Es el profeta? Tampoco lo es. ¿Quién es, pues? Juan responde, citando a Isaías 40: «Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”» (Jn 1,19-23).

Cuando ve a Jesús acercándose al río Jordán, le reconoce como el Hijo de Dios, y anuncia a los presentes que es «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».

Este título de Cordero de Dios evoca la memoria del Éxodo. En la noche de la primera Pascua, la sangre del cordero pascual con la que se señalaban las puertas de los judíos constituía para el pueblo señal de liberación (Ex 12,13-14). Los judíos que escuchaban a Juan Bautista también estaban familiarizados con los sacrificios del templo, donde se sacrificaban animales y se ofrecían a Dios para pedir el perdón. El “cordero de Dios” del que Juan habla quiere decir que Jesús es el último y definitivo ofrecimiento de un antiguo sistema de sacrificios que ha estado en vigor por mil quinientos años.

Para los primeros cristianos Jesús es el nuevo cordero pascual que libera a su pueblo (1Cor 5, 7; 1P 1, 19; Ap 5, 9). Para liberar a su pueblo, Jesús se hace hombre y entregará voluntariamente su vida en la cruz. Jesús lo dice repetidamente en el evangelio de san Juan: que él da su vida por su propia voluntad para liberarnos del pecado y darnos vida eterna. El hecho de que Juan Bautista lo presente como un cordero indica que su fuerza estará en la debilidad e incluso en la mansedumbre de un cordero (signo bíblico de la dulzura) dispuesto a ser “degollado”.

En este evangelio Juan Bautista afirma dos veces que «no conocía» a Jesús. Él recibió la misión de bautizar con agua, pero todavía no conocía a Jesús. Sólo en el momento del bautismo Juan Bautista comprenderá quién es Jesús, y por eso ya podrá anunciarlo. Jesús es el hombre lleno del Espíritu de Dios; sobre él ha bajado el Espíritu para residir en él. El testimonio del Bautista insiste en que a Jesús se le reconoce por la acción del Espíritu. Juan Bautista manifiesta que “no conoce” a Jesús sino por la manifestación de Dios en Él. Entonces da testimonio a favor de Jesús. Porque lo ha visto de parte de Dios, dice «yo lo he visto, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios.» Hijo de Dios es el título que resume todos los demás.

Todo el evangelio de Juan fue escrito para revelarnos a Jesús, para proveernos un espacio para encontrarlo en su identidad más plena. El autor dice claramente al finalizar el evangelio: «Pero estos signos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre» (Jn 20, 31).

Jesús, el Hijo de Dios, es el que trae de parte de Dios un mensaje de alegría, de paz, de justicia, de solidaridad, de perdón, de amor. Jesús en su misión liberadora, cura, consuela, enseña, denuncia la injusticia, devuelve la dignidad y es misericordioso con el pecador, pero sobre todo da la vida y borra la muerte. En un mundo como el nuestro, de ausencia de Dios y lleno de oscuridad, de males, sufrimientos, pobreza, violencia, injusticias, marginación, materialismo, Jesús es el que viene a “quitar el pecado del mundo”. De este modo con su entrega servicial suscita vida a su alrededor.

Y hoy actúa su Espíritu en su Iglesia. A Jesús se le reconoce en su Iglesia. Si somos mujeres y hombres de espíritu, debemos, como Juan Bautista, ser testigos del Señor, pero testigos creíbles, que no hablamos de oídas; al contrario, tenemos experiencia directa de lo que vivimos, del Espíritu de Dios en la comunidad, y lo anunciamos. Pero antes necesitamos «llenarnos» de Dios, tener familiaridad con él, encontrarnos habitualmente con él en la oración, en la escucha de su Palabra, en la presencia de la comunidad, en las celebraciones, en el ejercicio de la justicia y la caridad. Nosotros sabemos muchas cosas de Jesús, pero ¿lo conocemos de veras? ¿Hemos experimentado en nosotros su amor, su presencia, su amistad? Podría ser un buen propósito que deberíamos hacernos cada día: conocer más íntimamente a Jesús, amarlo, «vivirlo», para poder anunciarlo y dar testimonio de él ante los demás. Sólo una vida llena de Dios puede testimoniar realmente ante el mundo quién es Jesús. Dando ese testimonio colaboramos con Jesús en la tarea de evitar el mal, el pecado, y dar vida; en definitiva, en conseguir un mundo y una vida plenamente humanos.

 

 

Ricardo Rodríguez Villalba

 

Evangelio según san Juan (1, 29-34)

Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel». Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».

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