Skip to content

2020-02-02 “Jesús, luz que alumbra las naciones”

La Presentación del Señor

En el evangelio de hoy, aparece por primera vez la mención de «todos los pueblos». Hasta ahora, Lucas nos había hablado de la esperanza de Israel, del Mesías de Israel, del trono de David sobre el pueblo elegido; quizá en el himno del Gloria que cantan los ángeles ante los pastores puede adivinarse cierta apertura a los demás pueblos. Pero es ahora, en las palabras de Simeón, cuando Lucas nos presenta uno de los temas más importantes para él, tanto que le va a dedicar toda la segunda parte de su obra, los Hechos de los Apóstoles.

El evangelista es muy consciente de que lo que está diciendo cuesta de comprender y de vivir: dice a los judíos que abran su mente porque el mensaje de Jesús irá dirigido a todo el mundo y no sólo a ellos, y dice a los no judíos que su salvación viene de los judíos, de ese Mesías que ellos esperaban. Esto nos puede hacer pensar ya a nosotros en cuáles son nuestras esperanzas. ¿Realmente necesitamos que Dios nos salve? Si es así, ¿de qué?, ¿cuáles son nuestros miedos, nuestras inquietudes, nuestras inseguridades? Y si no necesitamos ninguna salvación, también podemos preguntarnos, ¿hemos llegado ya a la total felicidad?, ¿no podemos seguir dando pasos hacia un ideal de mayor donación, entrega, y alegría auténtica?

Nuestro texto tiene lugar en Jerusalén, en el templo, centro de la fe judía, desde la que parte, según Lucas, la salvación para todos los pueblos. Allí hay dos personas, un hombre y una mujer, que representan a los judíos auténticos, aquellos que saben escuchar la voz de Dios -como María y José-, los que reconocen a su Mesías y lo proclaman a los que están alrededor. Los dos son muy conscientes de las dificultades, los dos pisan tierra, y Simeón hasta predice que no todos aceptarán a Jesús de forma que el sufrimiento estará también presente en las vidas de los que quieren vivir a fondo la voluntad de Dios. La cruz, la entrega por amor, ya proyecta su sombra en los relatos de la infancia. Por supuesto que estas cosas están ahora sólo insinuadas. Lucas quiere animar a sus lectores, a nosotros, a que sigamos leyendo, todavía tiene mucho que decirnos. Pero la pregunta fundamental ya está lanzada, para que nosotros la aceptemos como un reto: ¿quién es Jesús? ¿Qué dices tú de él?

Para responder a ella, ante todo, también nosotros tenemos que dejar que el Espíritu nos vaya iluminando, nos regale la fe, nos indique dónde poder encontrar a Jesús. En nuestro mundo de hoy la pregunta «¿quién es Jesús?» no se responde sólo con una frase memorizada, sino con una vida que pretenda tener sus mismas actitudes de amor, de lucha por la justicia, de solidaridad. A todo esto nos está invitando Lucas en su evangelio.

 

Evangelio según san Lucas (2, 22-40)

Cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, llevaron sus padres al niño Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones». Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción  —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones». Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años. De joven había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.

 

 

 

Usuarios nuevos

  • pierrewb
  • normanrod49
  • charles
  • horacio
  • kike

Quién está conectado

Actualmente hay 0 users y 18 guests en línea.
glqxz9283 sfy39587p07