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2020-03-08 “Éste es mi Hijo, el amado, escuchadlo”

2º Domingo de Cuaresma

La transfiguración tiene lugar en el contexto del primer anuncio de la muerte y resurrección de Jesús. Es una escena llena de simbolismos, se trata de una manifestación de Dios que revela anticipadamente la gloria pascual.

Jesús va al monte con estos tres discípulos que tenían grandes dificultades para entender el mesianismo no triunfalista de Jesús. El pasaje refuerza la persona y misión de Jesús, de quien dudaban los discípulos. Primero nos dice que la actividad de Jesús estaba de acuerdo con el Antiguo Testamento: la Ley, representada por Moisés, y los Profetas, representados por Elías. Segundo, la voz del cielo les manda que escuchen a Jesús. Tercero, la desaparición de los dos dialogantes significa que debemos escuchar sólo a Jesús, quien, mostrando su divinidad resplandeciente en su cuerpo humano, se presenta como realmente es, resplandor de la gloria del Padre, imagen de su ser, como leemos en Hebreos 1, 3. 

La transfiguración y el diálogo de Jesús con Moisés y Elías sobre su destino en Jerusalén, nos desvela una de las constantes de la vida cristiana, la unión simultánea de dos aspectos opuestos pero no contrastantes del único misterio pascual de Cristo: muerte y resurrección, cruz y gloria.

Esta constante también ocurre en la vida humana: Cuando algo nos sobrepasa nos impide ver, entender, precisar, asegurar y, automáticamente y por nuestra condición humana, entramos en miedo, en temor porque no sabemos qué va a pasar, y ante la duda, el miedo o temor es lo primero que hace su aparición.

Y lo que vieron los discípulos les fortaleció y reconfortó (“bueno es que estemos aquí”), porque Jesús les mostró su rostro. Contemplar el rostro de Dios fue siempre un anhelo del creyente en el Antiguo Testamento:“Señor, yo busco tu rostro, no me escondas tu rostro” (salmo 26), visión que en el monte Tabor se cumplió con el fin de robustecer la fe e infundir valor.

Jesús se compromete a favor de la humanidad, y con esta visión nos prepara para creer en la resurrección y no quedar paralizados por los tiempos duros, sino entender que son el camino de la gloria.

Para entrar en unión con Dios como los tres discípulos, para adentrarnos en el sentido último de las cosas, en el misterio que hace que las cosas se transfiguren y cobren nuevo aspecto, debemos escuchar a Jesús, contemplarlo en la Sagrada Escritura. Nos damos cuenta que ésa es la vida del creyente de hoy: Levantarse, contemplar la gloria y, al mismo tiempo, cargar con la cruz de cada día. Si miramos el sol, sólo lo podemos hacer por unos breves instantes, porque con el deslumbramiento, las demás cosas aparecen obscurecidas. En esta vida podemos desear la gloria, porque es adonde vamos, pero tenemos que seguir caminando. No será fácil, tenemos que esforzarnos en los tramos más difíciles. Pero Jesús nos muestra su luz para poder volver a la realidad y poder aceptarla, y con fe, transformarla en salvación.

En esta cuaresma, si estamos poco acostumbrados al silencio, a la introspección y a la oración, acompañemos a Jesús para orar, como hicieron estos tres discípulos, para que no nos dejemos vencer por el temor. Pero estemos atentos a escuchar, a sorprendernos por la palabra y las obras de Jesús, y vivirlas.  Ésa debe ser nuestra actitud. 

 

Evangelio según san Mateo (17, 1-9)

Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él. Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías. Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí que una voz desde la nube decía: Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadlo. Al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros, y tuvieron gran temor. Entonces Jesús se acercó y los tocó, y dijo: Levantaos, y no temáis. Y alzando ellos los ojos, no vieron a nadie sino a Jesús solo. Cuando descendieron del monte, Jesús les mandó, diciendo: No digáis a nadie la visión, hasta que el Hijo del Hombre resucite de los muertos.

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