2019-12-22 "José, no temas acoger a María por esposa"

4º Domingo de Adviento

En la última semana de Adviento la liturgia nos coloca expresamente ante el nacimiento de Jesús, invitándonos, a partir de la experiencia espiritual vivida por José, a abrirnos para que Dios nos hable al corazón. A José, igual que a María, la encarnación de Dios le cambió la vida. Ante tal novedad, él tuvo una primera reacción: rechazar en secreto a María. José era un hombre justo según Dios, y por eso, sin comprenderlos hechos, decide despedir a María en secreto, porque si José hubiese sido justo según la justicia de los escribas, hubiera tenido que denunciar a María. Pero el ángel de Dios le habló en sueños diciéndole: «no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». El ángel dice: no temas, no te cierres a Dios. Y esta palabra hablada al corazón le bastó a José. José lee los acontecimientos de su vida y se fía de Dios. Estamos a las puertas de la Navidad, a las puertas de la presencia de Dios en nuestras vidas y son muchas las señales que Dios nos ha dado en este tiempo. Estas señales iluminan nuestras noches, sueños, sombras y silencios.

Y es que Dios no se cansa de colocarnos ante la esperanza y decirnos que no temamos. Emmanuel, el Dios-con-nosotros, es el nuevo modo como Dios ha elegido estar presente en la vida de las personas y en el curso del mundo. Puede que nos quedemos en la primera reacción de José: sin saber interpretar los signos de la vida, de la realidad, de Dios. Puede que nuestras convicciones y prejuicios impidan captar por dónde van las personas, la vida, la esperanza. Cuando se está ante la realidad, los retos, hay que saber interpretar los signos de Dios. En el silencio, en la oscuridad, en el sueño, Dios se atreve a tocar la intimidad de cada hombre y de cada mujer, sin abandonarlos a su suerte, sino para que despierten agarrados de su mano y sostenidos por la fuerza de su Espíritu. En los sueños, y no en las ensoñaciones, Dios habla al corazón humano despertándolo, enterneciéndolo y, muchas veces, estremeciéndolo, de tal modo que no se paralice ante las dificultades o ante los grandes retos, sino para contagiarle vida, y contagiar vida especialmente a quienes la han perdido. En lo más interno de cada uno de nosotros, Dios habla y lo hace, en primer lugar, para que no claudiquemos, pero sobre todo, para que remontemos el vuelo, superando la nostalgia que paraliza la alegría, eliminando la ansiedad que rompe la armonía y desterrando el temor que desquicia la esperanza. Pero para ser conscientes de que Dios está con nosotros, debemos buscar el silencio interior: ahí escucharemos su voz, encontraremos su rostro y sentiremos su amor incondicional. A partir de ese momento nos daremos cuenta de que no estamos solos. Que nada nos impida escuchar la voz de Dios ni captar sus señales. Que nos abramos a un Dios que quiere estar junto a nosotros. Y que nos dispongamos como Él, a tocar, a enternecer y hasta estremecer el corazón del mundo.

Evangelio según san Mateo (Mt 1, 18-24) La generación de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes devivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justoy no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio del profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Enmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”». Cuando José se despertó, hizo lo quele había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer