2020-03-29 “Yo soy la resurrección y la vida”

5º Domingo de Cuaresma  

Marta, Lázaro y María eran amigos de Jesús que vivían en Betania. Cada uno con sus características propias. De Lázaro no sabemos mucho, pero de María y de Marta sí. Marta y María son dos caracteres diferentes: Marta es enérgica, rápida, sale en busca de Jesús, y tiene una confianza grande en su amigo, pero no se inhibe para expresar sus sentimientos que a veces son sus dudas: “Si hubieras estado aquí” o “Señor, ya huele mal”. Marta nos enseña actitudes de nosotros mismos: impaciencia, confusión, incredulidad. Jesús le asegura a Marta “yo soy la resurrección y la vida”, y despierta en ella la fe en la vida futura: el que cree, aunque haya muerto, vivirá para siempre, y el que está vivo y cree no morirá para siempre. Son palabras de esperanza. Marta, aún en medio de su incredulidad, es capaz de responder a Jesús lo mismo que dijo Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”. Es la confesión que muy pocos fueron capaces de hacer delante de Jesús, y no sabemos si nosotros somos capaces de hacerla hoy.

Estamos pasando una situación terrible en nuestro país con centenares de fallecidos. Hablamos de situación devastadora, de estadísticas, de causas y efectos, de catástrofe económica, también de salud y esperanza en la ciencia. Pero ¿hemos oído en los medios de comunicación a alguien hablar de la esperanza cristiana? ¿Dónde estamos los seguidores de Marta que confiesan en público que sólo Jesucristo es la Vida, o esa confianza absoluta de ponernos en las manos de Jesús sabiendo que todo lo que le pida a Dios, Dios lo concederá?

Ahora que estamos todos confinados en nuestras casas, Jesús nos llama, nos dice a cada uno “¡sal afuera!”. No es una contradicción. Nos despierta de nuestro sopor, de nuestras miserias, de nuestras “muertes”, y nos pide que, aunque estemos encerrados en casa, miremos a los que están a nuestro alrededor, a nuestras familias, y ejercitemos la fraternidad y la solidaridad también con los otros, los que están solos, con los mayores que necesitan apoyos, con los afectados por la pérdida de empleo y andan apurados, echando una mano o dando una palabra de aliento, y transmitiendo esperanza en estos momentos de tribulación. A nosotros nos toca remover la piedra. Jesús nos trae una vida nueva, totalmente renovada, realmente alternativa, aunque el mundo parezca que se ha parado.

Hay en el evangelio una frase muy significativa: “Jesús se echó a llorar”. El dolor no es ajeno a Dios. Jesús no llora solo por la muerte de un amigo muy querido. Llora por la impotencia de todos ante la muerte. El llanto de Jesús son nuestras lágrimas de hoy por las personas que han fallecido recientemente. ¿Qué podemos hacer ante la muerte? La humanidad lleva en su corazón la pregunta más inquietante y más difícil de responder. Todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser un deseo insaciable de vivir. Pero los creyentes sabemos que el amor de Dios está sobre nosotros, que con Dios la vida nunca muere.

 

Evangelio según san Juan (11, 1-45) En aquel tiempo había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo: «Señor, el que tú amas está enfermo». Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba. Solo entonces dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea» (…) Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado (…) Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día». Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo» (…) Jesús se estremeció y preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado». Le contestaron: «Señor, ven a verlo». Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!». Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?». Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús: «Quitad la losa». Marta, la hermana del muerto, le dijo: «Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días». Jesús le replicó: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?». Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal afuera». El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar».Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.